31 de Enero, 2017, 15:38: ALFRE306Familia y Sociedad
Si en su matrimonio hay violencia, ¿por qué extrañarse de que su hijo sea violento con sus amigos? Si no hay respeto, ¿por qué mostrarse sorprendidos cuando el hijo se ha convertido en el buleador de su salón?


Por: Adolfo Güémez | Fuente: Analisis y Actualidad



Pancho estaba saliendo de haber cenado con sus abuelos en un restaurante. Cuando ya se estaban subiendo a un taxi, un chico se acercó a pedirles una limosna.

El abuelo metió la mano en el bolso y le dio unas monedas con una sonrisa: «Perdona, pero no tengo más».

El chico lo miró con desprecio y le dijo: «Eres un miserable», y le escupió.

Pancho se enojó e iba a salir del auto a pegarle al niño, pero su abuelo lo paró y le dijo: «No, no es su culpa. Imagínate la familia que el pobre debe de tener.»

Lo que les escribo no lo inventé. Sucedió tal cual. Y no me sorprende. Porque, efectivamente, lo que los padres son, en eso se convierten los hijos. La familia determina directamente su personalidad.



Esto conlleva una gran responsabilidad de parte los papás.

En primer lugar, tomar conciencia de esta realidad. No sólo para saberlo, sino para cambiar lo que tengan que cambiar.

Si en su matrimonio hay violencia, ¿por qué extrañarse de que su hijo sea violento con sus amigos? Si no hay cariño, sino sólo reprimendas, ¿por qué escandalizarse cuando me entero de que mi hijo es buleado en el colegio? Si no hay respeto, ¿por qué mostrarse sorprendidos cuando el hijo se ha convertido en el buleador de su salón?

Padres, sus hijos son sus espejos. Nada –escuchen bien, ¡nada!– de lo que hagan o digan, es indiferente para ellos. Ustedes están formando hoy en su hogar lo que sus hijos serán el día de mañana.

Y aquí no vale el sofisma de que “para eso lo metieron a tal o cual escuela”, para que lo formen, para suplan lo que ustedes no le pueden dar. ¡No! La responsabilidad total de la educación es de ustedes.

Pero no escribo esto para angustiarles. Porque soy muy consciente de que no hay matrimonio perfecto. Sé muy bien que todos tenemos mucho que cambiar y mejorar.

No se espanten ni tengan miedo de sus limitaciones. Dios suple todas las carencias que ustedes puedan tener. Pero con una sola condición: que cada uno de ustedes ponga todo lo que está de su parte para dar lo mejor para educar a sus hijos.

Por eso lo segundo que tienen que hacer es estar dispuestos a cambiar lo que haya que cambiar en su persona, en su actitud, en su situación actual para mejorar la paz y la armonía en sus hogares.

Si has visto con claridad que hay comportamientos, vicios, maneras de tratarse que no le harán un bien a sus hijos, entonces, ¿qué esperan para cambiarlos?

El momento para hacerlo no es mañana. Es hoy. La fuerza para lograrlo no llegará en una semana. La tienes hoy. Porque Dios te la da.

Queridos padres, sus hijos quieren vivir en el mejor hogar posible. Dios quiere que sus hijos sean lo mejor. ¿Ustedes querrán también lo mismo?


30 de Enero, 2017, 9:06: ALFRE306Familia y Sociedad
El estudio de la exhortación apostólica Amoris Laetitia sí que provocó en mí algunas reflexiones que quiero compartir.

Nunca, a lo largo de los siglos, ha habido ninguna otra institución natural tan atacada como lo está siendo ahora la familia.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



Por una obligación personal contraída, hace unos meses tuve que hablar en público de la exhortación apostólica Amoris laetitia. No voy a trasladar aquí el contenido de este documento de la Iglesia porque ese no es el propósito de este artículo, pero su estudio sí que provocó en mí algunas reflexiones que quiero compartir en voz alta.

La primera está en señalar la enorme preocupación de la Iglesia por la familia. Nunca, a lo largo de los siglos, ha habido ninguna otra institución natural tan atacada como lo está siendo ahora la familia, ninguna tan zarandeada y tan herida. Creo que se puede decir, sin miedo a exagerar, que actualmente no tenemos otro problema de mayor hondura. Y no será que andamos escasos de problemas serios: los derivados de la política y de la economía, las dificultades sociales de todo tipo (el suicidio demográfico, la juventud y su futuro, la inseguridad, la soledad, el paro laboral...). Muchos y muy graves, pero ninguno tan preocupante en estos momentos como el cúmulo de dificultades con las que se encuentra la vida familiar. Estamos ante un problema con varias caras, que nos afecta a todos en diversa medida, un problema que a muchos les está suponiendo sufrimientos muy dolorosos, de los cuales una parte se exterioriza abiertamente mientras que otra buena parte queda ahogada en el más callado de los silencios.

Pienso ahora especialmente en los muchachos jóvenes, chicos y chicas, llamados al matrimonio y a la fundación de familias nuevas. ¡Qué complicado lo tienen, qué difícil! Tanto que muchos optan por no casarse porque no se ven a sí mismos como artífices de sus propias familias. Y no porque la convivencia no les resulte deseosa, que es tan apetecible como siempre, pero establecerla a través del matrimonio, no. Y menos aún si hay que pensar en fundar una familia. ¿Este modo de proceder es egoísmo?, ¿este rechazo al compromiso es culpable? Si lo fuera, ¿los culpables son ellos? Solo Dios sabe. A mí lo que sí me produce es una pena grande porque veo que no sueñan con ser esposos y esposas, padres y madres. Me da pena por ellos porque los sueños son un trampolín imprescindible para llevar la vida adelante con ánimo, y me da pena por la asfixia social que supone la falta de familias nuevas. Me da pena porque escaseando los niños y los jóvenes, escasea mucha vida. Algo falla cuando resulta más atrayente un currículo cargado de títulos que un hogar cargado de hijos. Algo muy serio debe estar fallando cuando hemos subordinado el proyecto de familia al proyecto de trabajo, en lugar de hacerlo al revés. Mucho estamos fallando cuando hemos asumido como normal la falta de fecundidad, poniendo el tope al número de hijos en dos, en uno o en ninguno. Algo falla cuando a los jóvenes, a sus padres y a sus maestros les parecen más importantes los proyectos de los hombres que los proyectos de Dios, sin caer en la cuenta, unos y otros, de que cada familia es un proyecto de Dios para sus miembros.

Si del celo que ponemos en su formación académica y profesional, pusiéramos una décima parte en su formación como futuros padres y madres, a algunos nos parecería un éxito. Al decir esto no estoy arremetiendo contra la formación, entre otros motivos porque he dedicado la totalidad de mi vida laboral a formar académicamente a centenares de muchachos, haciendo cuanto he podido para ayudarles a que llegaran tan alto como les fuera posible. Pero los hechos son tozudos, y es claro que en nuestra sociedad actual necesitamos muchos más esposos y esposas que técnicos y graduados, de la misma manera que nos hacen más falta niños que mascotas. Con un añadido, y es que los graduados, una vez graduados ya no se desgradúan. Nadie en sus cabales rompe un título universitario y tira los trozos a la papelera, aunque el título no lo pueda ejercer, mientras que son muchos los que hacen trizas su matrimonio. Redondeando las estadísticas de los últimos años, en España el número de divorcios por año dobla el de matrimonios contraídos.

Nadie dilata voluntariamente durante años y años la consecución de un título o de unas oposiciones y en cambio nuestros jóvenes, en general no se casan; bien porque rehúsan el matrimonio, bien porque los que se casan, cuando lo hacen, ya no son jóvenes. ¿Son culpables de todo esto? Pienso que algo de culpa sí les tocará, pero yo me resisto a cargar sobre ellos la responsabilidad de que no sueñen o que tengan sueños de bajos vuelos porque la responsabilidad de los sueños no recae por entero en quien tiene que soñar. Los grandes responsables de los sueños de los niños y de los jóvenes somos los adultos. Padres, sacerdotes, maestros, catequistas, y en general formadores de opinión, somos a quienes nos corresponde animar, promover, alentar, ilusionar, abrir caminos.



Y esto no lo estamos haciendo, al menos no lo estamos haciendo en la medida que socialmente necesitamos. No me refiero a la sociedad en general, porque la sociedad en general no es conductora sino conducida. No lo están haciendo los gobernantes, a los cuales les corresponde una carga mayor de culpa, porque han recibido el encargo de trabajar por el bien común y el bien común pasa, necesariamente, por la promoción y el bienestar de la familia. Pero aún es más grave y mucho más doloroso que no lo estemos haciendo muchos cristianos, los que sí creemos en la familia y decimos defenderla. No la estamos defendiendo ni promocionando porque en buena parte hemos asumido los mismos planteamientos de quienes con sus ideas o su conducta están contribuyendo a su deterioro. Fuera de una minoría ejemplar y coherente, la gran mayoría de los bautizados, con culpa o sin culpa (eso Dios lo sabe) participamos de un estilo de vida y unas costumbres que son abiertamente contrarias a la doctrina de la Iglesia sobre la familia. He aquí algunos ejemplos:

- Aceptación de la convivencia entre personas del mismo sexo igualándolo con el matrimonio.

- No es difícil comprobar que la mayor parte de las parejas de novios que piden el matrimonio católico llevan años de cohabitación prematrimonial.

- La media en el número de hijos de los matrimonios cristianos no difiere sustancialmente de la media en otras formas de convivencia entre hombre y mujer.

- No hay grandes diferencias en los datos sobre rupturas de matrimonios contraídos por la Iglesia y el resto.

- Rechazo de la maternidad y de la ancianidad. Tanto el cuidado de los hijos como el de los ancianos se imponen sobre todo como cargas difíciles de asumir y de las que hay que desprenderse cuanto antes.

Estos males son solo una muestra de un repertorio mucho más extenso con los que las familias se enfrentan, pero yo no quiero dedicarles una sola línea más. Lo que corresponde ahora es ver qué podemos hacer nosotros, los hombres y mujeres de a pie, los que no tenemos grandes responsabilidades en este campo. Pienso en tres cosas:

1) Lo primero y más importante es rezar. Rezar mucho no tanto por la familia en general -que también- cuanto por las familias concretas que conocemos, por los matrimonios en riesgo de ruptura y por los hogares en dificultades.

2) En segundo lugar, viene bien llamar a las cosas por su nombre. Una separación o un divorcio no son opciones de vida sino fracasos. En muchos casos no serán fracasos culpables, pero son fracasos. Al decir esto no se me olvidan las víctimas de estos fracasos y su sufrimiento, víctimas inocentes, especialmente los hijos, pero también la persona que se ha visto burlada y engañada por quien le había prometido compañía, amor y fidelidad. Precisamente el hecho de que haya víctimas que sufren es lo que demuestra que el divorcio o la ruptura no son opciones a las que aspirar sino desgarros dolorosos. Llamar a las cosas por su nombre exige no frivolizar con algo tan serio como el matrimonio. Y es que desde hace ya décadas hemos frivolizado mucho con el divorcio, y lo seguimos haciendo. En muchos casos parece como si el hecho de divorciarse no fuera sino un signo de puesta al día, de estar a la última. Estoy convencido de que si por causas que ahora no se me alcanzan, de repente se pusiera de moda el matrimonio indisoluble y fiel, el número de divorcios descendería de forma significativa sin más motivo que estar en la corriente dominante.

3) En tercer lugar debemos actuar. Me refiero a los matrimonios que nos mantenemos unidos pese a los baches que podamos coger y las dificultades que haya que superar. Quienes no podemos influir directamente en las leyes ni disponemos de medios para generar corrientes de opinión puede parecer que no podemos hacer nada. Pero eso no es cierto. Tenemos una gran responsabilidad, especialmente los matrimonios cristianos, en mostrar la belleza del matrimonio y de la familia. No se trata de llevar adelante tareas especiales ni grandes trabajos, sino en no apagar la luz que nos ha sido dada. Luego, si hay matrimonios concretos a los que se piden otras responsabilidades, que respondan, pero en principio, todo matrimonio normal está llamado a ser luz para los que les rodean. A mí me parece que esto suele pasar desapercibido y por eso creo que viene bien recordarlo. Me vienen a la memoria unos versos de Antonio Machado:

El ojo que tú ves no es

ojo porque tú lo veas,

es ojo porque te ve.

Para hablar con rigor, habría que hacer alguna objeción importante a los versos de nuestro poeta, pero para el propósito que aquí se sigue, podemos parafrasearle y decir que la luz que un buen matrimonio desprende no es luz porque lo vean quienes la irradian, sino porque lo ven los demás. Ojalá haya muchos y ojalá sepamos ayudar a verlo, sobre todo a los jóvenes.


29 de Enero, 2017, 8:31: ALFRE306Familia y Sociedad
¿Cuál es nuestra idea de la felicidad? ¿Existe realmente?


Por: Solange Paredes | Fuente: Catholic-link.com



¿Qué es la felicidad? ¿Dónde está? ¿Cómo se consigue? La humanidad ha estado detrás de estas preguntas desde el despertar de la vida del hombre, como especie y como individuo. De ahí que la mayoría de nuestras decisiones -si no todas- vienen dictadas por un anhelo profundo de felicidad, ya sea inmediata: diversión; o de largo plazo: realización personal. Al respecto, el Papa Francisco usa un ejemplo bastante simple: Si yo debo hacer las tareas del colegio y no las hago y me escapo…es una elección equivocada. Y esa elección será divertida, pero no te dará alegría”.

Existen 4 tipos de felicidad. El primero es el Placer. Éste nos da una sensación de felicidad inmediata y efímera. Es una experiencia fundamentalmente sensorial que puede ser satisfecha con cosas materiales y que se encuentran netamente en el exterior. El segundo tipo es la felicidad Ego-comparativa, es decir, la ilusión de felicidad que te da el saberte o creerte mejor que los demás o por lo menos que la gente te perciba como mejor: el ya conocido efecto Facebook.

Ciertamente, estos 2 primeros tipos de felicidad son los que las empresas, la publicidad, redes sociales y en general, la sociedad nos vende. Y en realidad, tenemos que estar conscientes que son modelos defectuosos -en extremo- de felicidad, puesto que son en esencia transitorios y vacíos. Ya son varios los ejemplos de gente exitosa, con fama y dinero que encontraron el placer y la complacencia de creerse superiores y que terminaron deprimidos, sumidos en la droga, quitándose la vida. Para la Iglesia, sin embargo, esto no resulta extraño pues ya nos ha sido revelado que: “Nuestro deseo natural de felicidad es de origen divino. Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el Único que lo puede satisfacer”. (CIC 1718).

Teniendo esto en cuenta, llegamos al tercer y cuarto tipo de felicidad: Contributiva y Trascendental, respectivamente. La felicidad contributiva es aquella que sentimos al hacer algo por alguien y marcar la diferencia en su vida. Desde grandes acciones, como aquellas que hacen los misioneros en lugares alejados o el hacer voluntariado en tu comunidad, hasta “pequeños” actos de misericordia: visitar al enfermo, dar buen consejo al que lo necesita, entre otros, generan en nosotros un sentido mucho más profundo y concreto de felicidad puesto que va más allá de nosotros mismos. El último y probablemente más sublime tipo de felicidad es la trascendental. Ésta tiene que ver con anhelos más elevados y que venimos buscando, conscientemente o no, desde que somos niños: Verdad, Justicia, Belleza, Amor y sensación de Hogar. En efecto, éstos últimos son mucho más difíciles de encontrar, pero su sola búsqueda es ya motivo de alegría.

“Claramente, vivir el Evangelio -con todos los desafíos que eso representa, pero ayudados por la gracia- es un camino a la felicidad plena pues nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana […] ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor”. (CIC 1723). El beato John Henry Newman, nacido en Inglaterra en el siglo XIX, escribe al respecto con palabras que tienen la frescura de hoy:



El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna y, según la fortuna, la honorabilidad […] Todo esto se debe a la convicción […] de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro […] La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración.

Al leer estas líneas, es imposible no pensar en tantos participantes de reality shows y otras “celebridades” que hoy día en nuestros países están dispuestos a cualquier cosa y ser protagonistas de cualquier escándalo con tal de tener un poco de prensa, de fama, de atención que viene suscitada por esta sed instintiva de felicidad. Más aún, si pensamos en ejemplos más cercanos, seremos capaces de identificar a amigos e incluso a nosotros mismos compartiendo cosas privadas y/o fuera de lugar en nuestras redes sociales solamente para tener un “like” más o un “retweet” que al fin y al cabo se traduce en la búsqueda de sentirnos aceptados y reconocidos. ¿Es que acaso estas actitudes no reflejan un anhelo insondable del amor de Dios y de la felicidad que su saciedad significaría?

San Agustín supo reconocer esta ansia de felicidad cuando se preguntaba: “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Es porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz. Haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de Ti (Confesiones, 10, 20, 29).

En el evangelio, camino hacia la felicidad plena, las bienaventuranzas ocupan el centro de la predicación de Jesús. Esto no es una mera coincidencia pues mediante el sermón de la montaña, Jesús quiere iluminar nuestra búsqueda de la felicidad con la paradoja de las bienaventuranzas. En ellas se invierten los criterios del mundo pues se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios. Precisamente, los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices: Jesús llama dichosos a los que tienen espíritu de pobre, no porque seamos juzgados por nuestro estatus socioeconómico pues sabemos que hay pobres con espíritu de avaricia. Sino que Jesús los llama felices porque habrán encontrado que su felicidad no está en lo material, en la satisfacción de sus placeres ni en creerse mejor que lo demás. Aquellos con espíritu de pobre son dichosos puesto que habrán encontrado su felicidad en la solidaridad, la ayuda a los demás y en el caminar al lado de su Salvador. Y aunque muchas de las promesas de las bienaventuranzas parecen comenzar en el más allá, «cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, entonces ¡ya ahora! algo de lo que está por venir está presente»”.
Benedicto XVI

Para terminar podemosafirmar que el primer paso para encontrar la felicidad es saber qué tipo de plenitud estoy buscando. Escuchemos a Santo Tomás de Aquino que ya nos da la respuesta: “Solo Dios sacia”.

28 de Enero, 2017, 8:29: ALFRE306Familia y Sociedad

Cada persona es única e irrepetible ¿Defectos, limitaciones?… ¡Diferencias!

Sonrisas - © Pixabay

Sonrisas - © Pixabay

Si nos tomáramos en serio la tan repetida afirmación de que cada persona es única e irrepetible, habríamos de concluir, en primer término, que todos somos diferentes a… todos los demás.

Y diferentes en todo, también en nuestros defectos, en nuestras limitaciones… ¡y en nuestras diferencias!

Pero una cosa es saberlo y otra vivirlo.

Y otra, mucho más difícil, vivirlo con nuestros familiares (hijos, hermanos, padres) y amigos. Y mucho más difícil aún vivirlo con nuestro novio o cónyuge… que es con quien más lo tenemos que vivir.

Y es que los defectos nos molestan, las limitaciones nos molestan… y también nos molestan las diferencias.

Y, como nos molestan, tendemos a meterlos en el mismo saco: el de los defectos, que es necesario corregir… ¡obviamente, por su bien!

Si distinguiéramos…

Si aprendemos a distinguir entre estas tres realidades nos ahorraremos muchos disgustos y bastantes problemas.

a) Las diferencias, sin más, no son defectos, por más que nos cueste convivir con ellas.

Cada quien es como es, único e irrepetible. E incomparable e insustituible, no lo olvidemos.

Y solo siéndolo a fondo podrá llegar a ser quien está llamado a ser: su mejor versión, como suele decirse.

Pero, en cualquier caso, la suya… ¡solo la suya!: diferente a cualquier otra mejor versión, incluyendo la que nosotros desearíamos, la que nos gustaría, la que nos evitaría problemas o incomodidades…

b) Que todos somos limitados, así, en abstracto, la admitimos sin dificultad. Y también que hay que contar con las limitaciones.

Mucho más nos cuestan las de quienes conviven con nosotros. Y muchísimo más si nosotros no las tenemos… y no quiero contarte si se trata de algo que se nos da bien o incluso muy bien.

Simplemente, «no podemos comprender como algo tan sencillo…»

Sencillo para nosotros. Los demás son… diferentes.

¡Y nadie está obligado a ser perfecto!

c) Los defectos van por otro lado.

Ante todo, dejemos claro lo que es realmente un defecto.

No es —ya lo hemos visto— «lo que nos molesta», aunque normalmente nos moleste… como también las limitaciones y las diferencias.

Ni es una simple limitación ni, menos, una diferencia.

En sentido propio, un defecto es algo que hace daño a quien lo tiene porque perjudica también a quienes lo rodean, y viceversa. Lo que le impide desarrollarse como persona, porque lo hace también más difícil para quienes conviven con él.

Eso y solo eso.

Nada tiene que ver con que nos moleste… aunque nos moleste.

Si fuéramos coherentes…

Aunque cueste, ¡y vaya si cuesta!, las conclusiones son claras.

a) Las diferencias hay que amarlas y promoverlas, por más que nos puedan fastidiar.

b) Las limitaciones hay que tenerlas en cuenta, para no pedir a alguien lo que no puede dar y, sobre todo, para ignorarlas y centrar nuestra atención en sus cualidades y fortalezas, que es lo que debemos promover.

c) A la persona hay que quererla con sus defectos y disponernos amablemente, y con suma paciencia, a ayudarle a superarlos… ¡sobre todo a través de nuestro amor! Y saber y considerar, aunque sea obvio, que a cada quien nos cuesta superar los propios defectos… no los de los demás.

Si fuéramos más coherentes…

O, expresado adrede con tono más provocativo y más cercano:

a) Las diferencias de mi cónyuge o de cada uno de mis hijos no solo debo respetarlas, sino, en el sentido más fuerte de la expresión —si efectivamente los quiero, si quiero su bien— venerarlas y promoverlas con todas las fuerzas y los medios a mi alcance… me molesten o me agraden. De lo contrario, les estoy negando la capacidad de crecer como personas, como esa persona única que cada uno es: y, como consecuencia, la de ser felices.

b) Las limitaciones son algo con lo que tengo que contar y que debo aprender a respetar. Es absurdo, y fuente de frustraciones sin cuento, que le pida a alguien lo que no puede darme, por más que a mí me resulte facilísimo y no consiga entender cómo él o ella son incapaces de realizarlo.

c) ¿Y los defectos? A sabiendas de que voy a provocar escándalo, me lanzo a sentenciar: los defectos han de llegar a producirme ternura.

No solo los de los hijos, sino también los del cónyuge.

También los del cónyuge.

¡También los del cónyuge!

Con una única condición… que veremos otro día.

 

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

27 de Enero, 2017, 8:50: ALFRE306General

Sea que tengas una hora o cinco minutos, ponerte en adoración

frente a la Eucaristía da paz



¿Eres adicto al ruido del mundo? Hay una simple solución

David Blackwell CC

“Ningún dictador puede hacer nada contra un hombre silencioso. No se le puede arrebatar el silencio de un hombre”.

Así se expresa Robert Sarah, el cardenal de Guinea-Conakri, en su libro The Power of Silence: Against the Dictatorship of Noise [El poder del silencio: contra la dictadura del ruido].

Una vez tuve un amigo que evitaba el silencio a toda costa. En cuanto entraba en una habitación, encendía algún aparato. Con el tiempo me di cuenta de que tenía miedo: miedo de estar a solas sin escuchar otra cosa además de sus propios pensamientos.

En ocasiones yo también he notado esa misma tendencia en mí, para desconectar del constante caudal de los medios. Me facilita mucho el evitar que mi cabeza piense en las cosas importantes… o que rece sobre ellas.

Me pongo en modo zombi y me veo esos programas sobre subastas o sobre las peculiares vidas de la gente como si tuviera todo el tiempo del mundo y me convenzo a mí misma de que en realidad no me estoy perdiendo nada.

Es cierto que no hay nada malo en tener un poco de relajación. Es necesaria. Pero si no conseguimos ese desapego del mundo y no mantenemos a Dios en nuestro centro, podemos llegar a crear fácilmente una distancia o una barrera contra las inspiraciones de Dios. Él nos dice que Él nunca fuerza Su entrada en nuestro interior. Él permanece y llama a nuestra puerta. Depende de nosotros el abrirla.

El cardenal Sarah declara que ese ruido “se ha convertido en algo parecido a una droga de la que son dependientes nuestros contemporáneos”.

“Con su apariencia festiva, el ruido es un torbellino que impide a uno mirarse a la cara y confrontar el vacío interior. Es una mentira diabólica. El despertar solo puede ser brutal”.

La propuesta del cardenal es “redescubrir el auténtico orden de las prioridades” colocando a “Dios de vuelta al centro de nuestras preocupaciones, en el centro de nuestras acciones y de nuestra vida: el único lugar que le correspondería ocupar a Él”.

He descubierto que mi rato semanal de adoración eucarística me mantiene anclada en el silencio.

Hacía mucho que me había dado cuenta que una parroquia cercana a mí ofrecía adoración de la Eucaristía los viernes durante todo el día, pero nunca había ido. Fui por primera vez hará unos dos años, suponiendo que podría convertirse en un hábito ocasional como mucho.

Lo que experimenté al principio fue muy diferente a otras veces que había estado en la iglesia, simplemente porque nunca había estado en una si no había misa. Con la adoración, no hay lecturas ni sermones ni música (¡tampoco colecta!). Únicamente ese hermoso recipiente dorado -la custodia- con la Eucaristía sobre el altar. Y personas en silenciosa oración. En paz.

Pronto descubrí que quería volver. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a ir todos los viernes, incluso cuando solo disponía de 15 o 20 minutos. Me sorprendió la variedad de personas que se sentían llamadas a la adoración. Esperaba ver a mujeres mayores, pero también había desde parejas jóvenes a empresarios de chaqueta, tipos con pendientes y tatuajes, adolescentes… Algunos se paraban para cinco minutos. Otros se quedaban una hora. Todos atraídos a Cristo en sencilla adoración.

Lo que aconseja el cardenal Sarah no es otro programa reformista, sino el redescubrimiento del sentido de Dios acercándonos a Él en silencio, la única forma que hay de acercarse a Dios.

Ahora espero con ilusión los viernes.




26 de Enero, 2017, 8:24: ALFRE306Familia y Sociedad
En los últimos meses, el tema con la información falsa ha creado preocupación entre las personas ya que la gran mayoría cree todo lo que lee.


Por: Análisis y Actualidad | Fuente: Analisis y Actualidad



Un estudio de la Universidad de Stanford muestra que jóvenes “absorben las noticias de las redes sociales sin tomar en cuenta la fuente de esas informaciones”. Al menos el 82 por ciento de los estudiantes de entre 12 y 15 años, son incapaces de distinguir entre contenidos patrocinados e informaciones reales.

La investigación también reporta que la mayoría de estos jóvenes, “juzgan la credibilidad de la información de un Tweet, a partir de los detalles que contiene o por el tamaño de la foto, más que por la fuente”.

En este sentido, las redes sociales generan una “caja de resonancia” a partir de los intereses de los jóvenes, de sus likes y de los sitios que visitan. Por lo que, si ellos frecuentan páginas con poco o nulo rigor periodístico, sus propias redes le sugerirían nuevos sitios similares.

Facebook, Twitter y Google comienzan a tratar de tomar acciones para frenar la propagación de este tipo de sitios que publican notas falsas. El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, dijo que su red social “toma con seriedad el problema de la desinformación” y crearon una herramienta para que sus usuarios puedan reportar este tipo de contenido.

Sin embargo, el propio Zuckerberg explica que se trata de un problema complejo, porque la esencia de Facebook es, precisamente, el compartir toda la información que sus usuarios quieran y tampoco quieren ser catalogados como árbitros de la verdad.



Esta es la razón por la que esta red social confía en sus usuarios y deposita en ellos la capacidad de verificar la información publicada en sus muros. Zuckerberg agrega que Facebook “contempla crear mejores sistemas que detecten informaciones falsas, antes que los usuarios las etiqueten como tal". Otro proyecto es lograr que los sitios que publican de forma deliverada informaciones falsas, no tengan acceso a promocionar sus contenidos en la red social.

Twitter también intenta abordar este problema. La red social ha suspendido muchas cuentas y ha lanzado una nueva opción llamada "Mute Words". Los usuarios de Twitter son ahora capaces de eliminar conversaciones específicas en el sitio, así como filtrar, en sus notificaciones, todos los tweets con una determinada palabra o frase.

Por supuesto, lo más importante para evitar que los jóvenes no crean en todo lo que leen, es la educación. La alfabetización mediática es algo que se debe enseñar a los niños en la escuela, pero también sus padres, en casa. Es importante hablar con ellos, explicarles cómo pueden saber cuando una noticia es falsa y qué se puede hacer para denunciarla


25 de Enero, 2017, 8:46: ALFRE306General

No por aceptar la originalidad del otro estoy asumiendo su postura como propia

¿Cómo puedo construir la unidad sin renunciar a mi identidad?

© certified su/Flickr/CC




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Pienso en la unidad. En ese anhelo de hablar siempre bien de los otros. Esa actitud misericordiosa de no dividir. ¡Qué fácil es dividir! Comenta el papa Francisco: La vida de hoy nos dice que es mucho más fácil fijar la atención en lo que nos divide, en lo que nos separa. Creyendo en el mismo Jesús podemos vivir divididos.

Seguimos a Jesús que murió por nosotros y nos dividimos en la forma de seguir sus pasos. En las actitudes ante la vida. En las opiniones. Y en lugar de acercarnos los unos a los otros en el corazón de Jesús nos dividimos. Creamos grupos que nos alejan de lo central. Tú de Pablo. Yo de Apolo.

Pero todos somos de Cristo. Él es el que nos llama a todos. No quiero dividir con mis prejuicios. Separar con mis condenas anidadas en el corazón. No quiero crear grupos. Alejarme del que no piensa como yo en todos los temas.

Uniformidad no es lo mismo que unidad. Uniformar es imponer un pensamiento único. Pero eso no es lo mismo que la unidad en la diversidad. Es posible estar unidos en la diversidad de opiniones. Aunque los puntos de vista no sean los mismos. Discutir con apertura de corazón sin condenar. Aceptar otras opiniones como válidas. Reconocer otros puntos de vista.

Quiero ser más misericordioso en el juicio que me hago. Reconocer que el otro no es igual que yo en todo. No tiene las mismas vivencias guardadas en el alma. No ha hollado mis mismos caminos con mis mismos pies.

Ha recorrido rutas diferentes. Ha visto otros rostros. Ha experimentado otro amor en su vida. Ha leído otras verdades. Y no siempre va a pensar lo mismo que yo.

¿Cómo puedo construir la unidad? Desde el respeto de corazón. Sin condena. Sin juicio. Ese respeto que acoge al diferente. Mira con admiración al que no es como yo. No condena. No enjuicia. Esa actitud es la que necesito para enfrentar la vida. Para construir la unidad desde la humildad. Sin separar, sin dividir.

Sigo al mismo Cristo por los caminos. Cada uno aporta lo suyo. Yo mi carisma. Yo mis formas de vivir, de soñar, de amar, de pensar. Quiero respetar y aportar. A veces intento callar mis puntos de vista diferentes por miedo al rechazo.

Hoy se habla mucho de ser tolerantes. Pero tolerar no es lo mismo que aceptar. H. Maturana decía: “La tolerancia es la negación suspendida temporalmente”. Tolero muchas veces. Acepto pocas.

Aceptar de verdad me lleva a no querer convencer al otro de mi punto de vista. Pero sí me permite manifestar con libertad lo que pienso. Aceptar supone mirar al diferente sin miedo, sin verlo como una amenaza. Reconocer en su vida una verdad y mirarla de frente. Estar dispuesto a convivir con ello.

Quiero tener un corazón así de libre, así de abierto. Esto no significa renunciar a mis propios puntos de vista, a mis principios, a mis creencias. No por aceptar al otro en su originalidad estoy asumiendo su postura como propia. Simplemente lo acepto en mi vida. Lo integro en mi corazón.

Pero no renuncio a mi postura. Ese respeto es sagrado. Me mantengo fiel a mis principios porque son los que sustentan mis caminos. Pero para afirmarme no necesariamente tengo que anular otros puntos de vista.

Convivir con el diferente es más difícil que eliminarlo. Y más difícil que cambiar yo mi postura. Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

Aceptar no significa renunciar a lo propio. Supone respetar opiniones diferentes sin escandalizarme continuamente. Sin rechazar con gestos y palabras a los que no comulgan con mis ideas. Descalificándolos.

No simplemente tolero. Quiero aceptar al que no piensa como yo. Sin perder mi esencia. Sin renunciar a mi aporte, a mi originalidad. Sin masificarme por miedo a ser rechazado.

24 de Enero, 2017, 15:03: ALFRE306Familia y Sociedad

No saber si todavía puedes tener fe en la persona que amas, puede ser una sensación difícil de superar, hasta para el más fuerte de los matrimonios


Matrimonio: 7 consejos para recuperar la confianza

sirehrampai



Recuperar la confianza en el matrimonio no es una tarea fácil. La pérdida de confianza en un cónyuge es uno de los sentimientos más solitarios y desesperados que un hombre o una mujer pueden llegar a experimentar.

Ya sea debido a las finanzas, la infidelidad, la distancia, la comunicación, o más, no saber si todavía puedes tener fe en la persona que amas, puede ser una sensación difícil de superar, hasta para el más fuerte de los matrimonios.

Aquí hay 7 consejos para recuperar la confianza en el matrimonio.

1.- Escribe tus sentimientos. Todo lo que sientes

El primer paso para superar tus sentimientos de desconfianza es identificarlos. Es muy recomendable empezar a manejar un diario.

En tu diario puedes incluir entradas sobre qué ocurrió para que tus sentimientos de desconfianza aparecieran – ¿Fue algo que tu cónyuge dijo o hizo? ¿O fue algo que se originó dentro de ti mismo/a durante la infancia o en otro trágico suceso antes de casarte con tu cónyuge?

Al identificar la raíz de tus sentimientos de desconfianza, será más fácil llegar al corazón del asunto.

Que quede claro: esto no es una cosa fácil de hacer. Debes estar preparado/a para una pelea. Y no una pelea con tu cónyuge, sino una pelea contigo mismo/a.

Es totalmente normal que te sientas inseguro/a y con miedo a profundizar la verdadera causa de la desconfianza, pero si quieres tener un matrimonio saludable, es algo que debes hacer.

Escribiendo en el diario, los sentimientos saldrán de tu cabeza y podrás mirarlos desde una nueva perspectiva.

Reconocer tus sentimientos y permitirte sentir como realmente te sientes, te ayudará a dar pasos hacia adelante al momento de reconstruir la confianza con tu cónyuge.

A medida que continúes trabajando con tus sentimientos y des pasos hacia una unión más fuerte, debes leer tu diario para revisar el progreso que se ha logrado

Te sorprenderá ver lo lejos que has llegado con respecto a tu crecimiento personal, así como el progreso que habrá hecho tu relación.

Consejo: Si tú y tu cónyuge están de acuerdo, compartan las entradas de sus diarios con las intenciones de orar juntos y respetar los sentimientos del otro.

A pesar de que la confianza es un tema delicado, si se maneja con cuidado, puede ser reconstruida y, ¡puede llevar tu matrimonio a un nivel que nunca creíste posible!

2.- En el matrimonio, debes ser honesto con tu pareja si quieres recuperar la confianza

Una vez que hayan llegado a un acuerdo con sus sentimientos, debes ser completamente honesto/a con tu marido/esposa. Comparte los hechos que provocaron que te sientas como lo haces, y cómo se ha magullado tu confianza en el matrimonio.

Conversa con tu pareja sobre lo que van a hacer para reconstruir la confianza, y pregúntale qué pasos tiene él/ella previsto tomar para poder trabajar juntos, y poder reconstruir su matrimonio.

No te apresures esta parte del proceso. Este es el momento en el que te darás cuenta de lo importante que es escuchar detenidamente, amarse de manera mutua, y apoyándote en la sabiduría de Dios, la paciencia te llevará a través de este proceso.

Además, no tengas miedo de buscar ayuda externa, y más si te estás percatando de que la comunicación se está rompiendo y las cosas no están progresando como deseaban que así fuese.

Es muy importante profundizar las discusiones entre los dos y encontrar a alguien para ayudar a superar este tipo de obstáculos.

Asegúrate de ser completamente honesto/a contigo mismo/a y con los demás para que puedas seguir trabajando a través de este proceso de reconstrucción de la confianza de tu matrimonio.

3.- Identifica tus necesidades en el matrimonio.

A medida que trabajas a través de tu plan para la reconstrucción de la confianza, comparte con tu cónyuge lo que necesitas de él/ella.

Explica qué emociones y compromisos necesitas de él/ella para poder seguir creciendo. A la vez, pregúntale lo que puedes hacer para que puedan crecer y reconstruir su relación de manera conjunta.

No tengas miedo de admitir que no eres capaz de darle lo que necesita. A veces esto sucede. Pero si estás dispuesto/a al menos a tratar de aprender a ser capaz de darle lo que necesita, (siempre y cuando lo que pidan sea saludable y no abusivo) hazle saber eso.

No debes avergonzarte de admitir que necesitas ayuda en cualquier área de tu vida, y es mejor ser capaz de admitir y tratar las cosas a su tiempo que quedarse en silencio y crecer en resentimiento.

4.- Date tiempo para sanar.

Recuperar la confianza no será un proceso que ocurrirá de la noche a la mañana. Se requerirá que recuerdes los pasos que cada uno está tomando y cómo, juntos, están trabajando para reconstruir lo que había antes de este desafío que se le presentó a su matrimonio.

Con el tiempo, los recordatorios, en combinación con un crecimiento continuo (de los dos), darán lugar a un renovado sentido de confianza.

5.- Dar pequeños pasos

A medida que trabajan en conjunto para recuperar la confianza en el matrimonio, tomen pequeños pasos hasta que estén listos para los más grandes. Tal vez la pasión desapareció con la confianza, entonces no esperes recuperarla inmediatamente.

Dando pequeños pasos, tales como hacer su almuerzo (para el trabajo), o el envío de un correo electrónico o mensaje durante un día laboral diciendo “estoy pensando en ti”, ayudará a añadir el romance de nuevo a su matrimonio, poco a poco.

6.- Tengan citas otra vez.

Una vez que la confianza se ha perdido, es importante volver al principio: ten citas de nuevo. Cuando estén emocionalmente preparados, deben empezar de cero a demostrarse el por qué están destinados a estar juntos.

Saliendo en una serie de citas, se sentirán con la misión de ganar el corazón del otro, les ayudará a volver a centrarse en cómo comenzó su relación y a donde pueden ir (de nuevo) juntos.

7.- Evalúa el crecimiento.

Una vez que piensas que se ha renovado la confianza, revisa las entradas que has realizado en tu diario

Revisando el diario te ayudará a prevenir que este desafío intervenga de nuevo en el camino de tu matrimonio

Además de todo esto, el diario te ayudará a ver el crecimiento personal por el que has pasado.

Compartir tu diario con tu cónyuge le permitirá al otro ver los pasos que han tomado para restaurar la confianza

¿Conoces otros consejos para recuperar la confianza en el matrimonio? Por favor, ¡comparte sus ideas!

Artículo originalmente publicado por Abogados del Amor


21 de Enero, 2017, 9:00: ALFRE306Familia y Sociedad
La decisión de formar, si Dios quiere, una familia numerosa, es algo muy grato al Señor. Las familias numerosas son una excelente manifestación de fe y amor, y una escuela de virtudes para padres y hermanos.


Por: Raúl Espinoza Aguilera | Fuente: yoinfluyo.com



Desde hace más de medio siglo, se ha venido sembrando un miedo por traer hijos a la tierra. Mejor dicho, una especie de psicosis que raya en el terror o pavor histérico contra la vida humana.

Hay un sistemático “bombardeo” a través de los medios de comunicación (periódicos, revistas, radio, televisión, cine…) para alarmar a la población sobre el crecimiento demográfico, como en décadas anteriores se asustaba a cierta clase de gente con el mito de que el día menos pensado “nos iban a invadir los marcianos”.

Ahora suena de risa, pero había personas que se lo creían firmemente. Hoy ocurre lo mismo. Esta mentalidad antinatalista ha permeado en forma notable en nuestra sociedad. Parecería que “estar a la moda” es tener cuando más un solo hijo, o bien, tener un par de perros gordos.

También hay matrimonios jóvenes que prefieren invertir su dinero, en vez de tener descendencia, en comprar un buen departamento, una casa de campo, coches costosos, computadoras de vanguardia, aparatos eléctricos, joyas, ir a buenos restaurantes, o quizá, realizar largos viajes por el mundo…

En definitiva, se trata de pasarla “lo mejor posible”, en una vida de derroche y de placeres sensibles, y tal vez, a los treinta y muchos o a los cuarenta y tantos, plantearse el tener un hijo. Es común que cuando esto ocurre, los cónyuges han perdido su fertilidad o el médico les comenta que sería un embarazo de alto riesgo… ¡y se les fue la vida sin tener hijos!

Un importante papel lo juegan algunos médicos sin ética que, casi de inmediato, al nacer el primer hijo, les recomienda al nuevo matrimonio que ella se ligue las trompas, o bien, que él se haga la vasectomía. También es común que se les asuste y se les diga que las paredes de la matriz probablemente no resistirán otro embarazo y se podría poner en grave riesgo la salud de la madre.

Se les presenta toda una “novela trágica” para que, a fin de cuentas, acepten que la mujer sea operada y se le extirpe la matriz, en la mayoría de los casos sin una fundamentación científica y verificable; utilizando la mentira y el engaño, y aprovechándose de la ignorancia del matrimonio en esta materia.

Ese dinero “sucio” va, en buena medida, a parar a los bolsillos de esos doctores que se dedican a la Medicina con fines mercantilistas, y no me explico por qué muchos de ellos no han sido demandados como delincuentes profesionales y puestos en la cárcel.

Un joven ginecólogo que trabajaba en un dispensario médico rural me comentaba que desde la Secretaría de Salud y sus diversas dependencias, venían indicaciones muy precisas. En resumen se les señalaba más o menos lo siguiente: “En esta clínica se deben practicar tal número de ligaduras, tantas vasectomías, colocar tal número de dispositivos intrauterinos, distribuir tantos miles de preservativos y píldoras anticonceptivas o microabortivas, etc”.

Pero el asunto no terminaba allí, también recibían instrucciones para que, después de los partos, a las mujeres indígenas o de bajos recursos, se les ligaran las trompas sin su consentimiento ni el de su marido. Con tal atropello a la dignidad y a los derechos humanos, le pareció conveniente, además de enviar una carta de queja formal a los directivos de la clínica, presentar su renuncia.

No hace mucho tiempo, Lourdes, esposa de mi amigo Ricardo, quienes son muy felices con sus seis hijos, me comentaba que –en no pocas ocasiones– en plena calle y a la luz del día, en la Ciudad de México, cuando va en la camioneta con todos los hijos, se le emparejan otros automóviles, con algunas mujeres adentro, y le comienzan a gritar:

“¡Cochina! ¡Irresponsable!”. En plan de soez reclamo por tener muchos hijos, y en una actitud de delirante fanatismo.

Lourdes, como es una persona con buena educación, nunca les contesta. Pero me decía que lo primero que le viene a la cabeza es que son esas mismas mujeres que la insultan en la calle, las que se envilecen dándole un uso perverso a su matrimonio; buscando únicamente el placer sexual y rechazando el tener hijos. Naturalmente, muchas de ellas terminan divorciándose, siendo infieles o viviendo en unión libre.

Cada hijo es un maravilloso tesoro, un increíble regalo, una prueba de confianza del mismo Dios que continúa, a través de los padres, con su portentosa obra creadora. El Papa Juan Pablo II afirmaba con mucha razón: “No tengáis miedo a los hijos que puedan venir; ellos son el don más precioso del matrimonio. No os neguéis a traer invitados al Banquete de la Vida Eterna”.

Una familia numerosa es el resultado de una generosidad a veces heroica, fruto de una magnanimidad que lleva a valorar en tanto el don de la vida, que cualquier sacrificio parece proporcionalmente pequeño comparado con el infinito valor de un ser humano y su destino eterno.

El hombre está constituido por una parte corporal y otra espiritual. La imagen de Dios está presente en todo hombre porque está hecho a “imagen y semejanza de su Creador” (Cfr. Génesis 1, 27) y dotado de un alma que es espiritual e inmortal. Por lo tanto, tiene una gran dignidad como persona y, por vocación, todo ser humano está llamado a la bienaventuranza divina. ¡Muchas veces se pierde de vista esta maravillosa realidad!

La decisión de formar, si Dios quiere, una familia numerosa, es algo muy grato al Señor. Las familias numerosas son una excelente manifestación de fe y amor, y una escuela de virtudes para padres y hermanos.

Además, la sociedad –incluso en aspectos materiales, como las energías para el trabajo o la equitativa distribución de la riqueza– es de ordinario beneficiada inmediatamente por el bien de la natalidad.

La restricción de los nacimientos –como atestigua la historia– ha llevado a muchos pueblos a la decadencia moral y a la extinción física.

En conclusión, el tema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo por encima de las perspectivas parciales de orden biológico, psicológico, demográfico o sociológico.
Más bien, hay que considerarlo a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, que no es únicamente natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna.

 

20 de Enero, 2017, 8:13: ALFRE306Familia y Sociedad
Desde hace ya decenios, y de manera progresiva, la familia se ha visto transformada en el centro de los ataques de toda una civilización.


Por: Tomás Melendo | Fuente: www.edufamilia.com



1. Aventureros

 

Al comparar el vigor educativo de la familia con el influjo de las restantes fuerzas sociales, son cada vez más los que adoptan una actitud de defensa. Y es fácil comprenderlos. Desde hace ya decenios, y de manera progresiva, la familia se ha visto transformada en el centro de los ataques de toda una civilización.

Basta pensar, más allá de las insidias teóricas y jurídicas —orquestadas y agrandadas en muchos casos a través de los medios—, en las dificultades con que se encuentra un matrimonio joven para hallar la vivienda donde desenvolver su proyecto de vida, o en los obstáculos que ha de vencer una pareja que decide crear una familia numerosa… ¡a veces empezando por los propios abuelos!

¿Desanimarse…?



¡Lanzarse a la aventura!No olvidemos lo que escribió hace ya lustros Charles Péguy, aplicable hoy por igual al varón y a la mujer:

«Solo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo en el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia. Todo está en contra de ese hombre que se arriesga a fundar una familia. Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya… Él y solo él se encuentra de verdad involucrado en las cosas del mundo. La única aventura que existe es la suya. Los demás están involucrados con sus cabezas, es decir, con nada. El que es padre lo está con todos sus miembros. Los demás sufren por sí mismos. Solo él sufre a través de otros. Los padres sufren en cada situación. Sufren por todas partes. Solo ellos han agotado —solo ellos pueden alardear de haber agotado— el sufrimiento temporal. Los que no han tenido un hijo enfermo, no saben lo que es la enfermedad. Los que no han perdido a un hijo, los que no han visto a su hijo muerto, no saben los que es el dolor. Y tampoco saben lo que es la muerte».[1]

Fijémonos en las palabras subrayadas. No importa que encierren un deje de hipérbole, arrastradas por el fervor poético. Lo absolutamente imprescindible, con vistas a esa revolución que hemos de instaurar en los inicios ya avanzados del tercer milenio, es reflexionar sobre la verdad que desvelan. Ese descubrimiento —antiquísimo, por otra parte— es que la familia constituye la pieza clave de la sociedad. Y, por consiguiente, que el futuro de la sociedad se juega en la familia… y que el de la familia se halla indisolublemente unido al del conjunto de la sociedad.

De ahí que se la ataque encarnizadamente. Y de ahí la advertencia de Chesterton, sucinta a la par que resuelta: «si queremos preservar la familia debemos revolucionar la nación».[2]

Se trata de un consejo perfectamente válido, aunque tal vez un tanto corto, por anticuado. Donde él escribió nación ahora habría que estampar sociedad o, mejor aún, civilización o humanidad. Las fronteras entre los pueblos han ido hasta tal punto desapareciendo, las brechas abiertas por el espacio se han ido tornando tan tenues, que puede influir más en un adolescente —¡y en un niño de pocos años!— lo que sucede en las antípodas, y que conoce de inmediato a través de la televisión y, más aún, de internet —o se encarna y cobra vida en los personajes y guiones de los videojuegos—, que los planteamientos vividos a diario en su familia y en su ambiente escolar.

Por eso, los padres audaces de hoy en día, los aventureros a los que aludía Péguy, debemos recordar frecuentemente: ¡si queremos preservar a nuestros hijos —tan solo preservarlos—, habremos de empeñarnos en una tarea de transformación de la sociedad, comenzando por nosotros mismos y por nuestro entorno inmediato! No nos quejemos, de lo contrario, si un fin de semana pasado por cualquiera de ellos en una familia cercana y segura, o un viaje o una salida nocturna con los amigos y amigas, echa por tierra los esfuerzos de años por educarlos en la sobriedad, en la templanza, en el dominio de sí mismos… o al menos hace tambalear todos esos logros.

¡Si pretendemos que nuestros hijos alcancen algún día la felicidad, si aspiramos al menos a ponérselo más fácil, hemos de empeñarnos desde ahora en la tarea de revitalización que desde hace años se nos está pidiendo a gritos para instaurar, a medio plazo —cuanto antes—, una auténtica civilización del amor!

Se nos viene recordando de manera reiterada, por activa y por pasiva, que la familia constituye el núcleo de toda la sociedad, que «la familia depende por muchos motivos de la civilización del amor, en la cual encuentra las razones de su ser como tal» y, sobre todo, que, «al mismo tiempo, la familia es el centro y el corazón de la civilización del amor».[3]

Abandonemos, pues, la actitud de defensa, temerosa, poco resuelta y, al cabo, inútil. Dejemos de levantar barricadas para proteger a nuestros hijos. No pretendamos encerrarlos en una campana de cristal, aséptica, al abrigo de toda asechanza.

Ni tampoco nos olvidemos de ellos, como si no sucediera nada.

Muy al contrario, ahora se nos pide que pasemos al ataque, que demos vida a un espíritu amablemente agresivo, con vistas a conseguir la dicha del mayor número de nuestros contemporáneos. Porque —podemos darlo por cierto— la mudanza radical que nos podía conducir hasta esa civilización del amor a la que todos aspiramos con más o menos conciencia o será familiar o simplemente… no será.

No esperemos un motor ajeno a la familia, a nuestra familia, a la de cada una y cada uno. Porque, sencilla y llanamente, no lo hay.

¿No dejó sentado con claridad Juan Pablo II: «Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre?»[4]; ¿no nos ha repetido el actual sumo pontífice, saliendo al paso de una actitud lamentablemente muy extendida, que las familias «no son un problema», que «son principalmente una oportunidad»?[5]

Pues mejoremos nuestra familia —comenzando por nuestro matrimonio y, dentro de él, por nosotros mismos, no por nuestro cónyuge—, que así sacaremos adelante la nación, el mundo entero, habiendo ayudado a mejorar a cada una de las personas que lo componen.

Lo expresaba con rigor Carlos Llano, apelando a una ley de capital importancia para el día a día: el influjo de los poderes externos al hogar será inversamente proporcional a la riqueza que los padres logremos suscitar o crear en su interior.

Es una aplicación vital y cercana del principio físico de la ósmosis.

Llano sostiene, sin dejar espacio para la duda, que «la familia no debe adoptar solo una posición de parapeto a fin de defenderse de los acosos e infiltraciones» que provienen desde fuerza. Al contrario:

«Ha de adquirir conciencia, primero, de que tales acosos son inocuos, epidérmicos, si no hay complicidad libre de nuestra parte, porque el compromiso, la renuncia y la capacidad de entrega están en nuestras manos y no en las de los reglamentos estatales, de las instancias mercantiles ni de los oropeles televisivos: ninguno de ellos tiene fuerza sin nuestra libre complicidad. Segundo, que la familia es la alternativa del futuro, la única alternativa del futuro, si sabe ejercer la libertad de la que es maestra. El hogar tiene su origen etimológico en el fogón, en la hoguera; no debe verse solo en su sentido de resguardo, guarida o refugio, sino también de irradiación, expansión en incendio. Tengamos, por lo menos, el ansia […] de incendiar el mundo con […] los valores potenciales y explosivos de nuestros hijos. No se trata de salvarlos del incendio, sino de incendiar el mundo con ellos».[6]

2. Importancia irreemplazable de la familia

Lo repito: sin familia no hay persona, y sin persona no hay sociedad verdaderamente humana, sino mera agregación de individuos. Advertirlo, comprenderlo con hondura, resulta imprescindible. Y se consigue —o se dan los primeros pasos para lograrlo— al reflexionar pausadamente sobre este par de convicciones:

a) Por una parte, una afirmación teórica compuesta, una doble verdad que cabe expresar así: sin familia no hay persona plena, madura, cabal; sin persona, por su parte, desaparece la sociedad civil y las comunidades intermedias como agrupaciones humanas auténticas.

b) Por otra parte, y como consecuencia, una consigna práctica, operativa: si queremos revitalizar la sociedad, devolverle su mordiente ético y humano, debemos empeñarnos en dar respuesta a las amables exigencias de Juan Pablo II, cuando exclamaba, en el conocido epígrafe de la Familiaris consortio: «¡Familia, sé lo que eres!»No existe otro camino.

¿Nos extraña todavía la afirmación de que sin familia no hay persona íntegra, cabal, plenamente madura? ¿Seguimos convencidos de que la familia es solo o principalmente necesaria para los más débiles: para los niños, para los disminuidos, para los enfermos y ancianos?

No nos asombremos, entonces, de las consecuencias prácticas de semejante persuasión. No nos sorprenda que nuestros hijos adolescentes —adultos ya a sus propios ojos— busquen fuera de casa las vías de su crecimiento. Y tampoco nos lamentemos ante la huida del hogar, intermitente y cotidiana… o desgraciadamente definitiva, de los más hechos: del marido o de la mujer, que persiguen su propia realización en otros ámbitos, sobre todo en la vida profesional o pública. Esas y actitudes parecidas habrán de considerarse normales cuando la familia se concibe solo como un refugio para los más enclenques y desvalidos: quienes se estimen más desarrollados no tendrán ya necesidad de ella.

¡Pero no! Insisto en que sin familia, sin un entorno de hogar, no hay persona cabal y cumplida nunca: ni entre los niños, ni entre los adolescentes, ni entre los presuntamente más desarrollados… ni dentro del propio Dios.

Recordemos las conocidas palabras de Juan Pablo II, decididas y sin ambages: en su más recóndita intimidad —venía a decirnos—, el Dios de la fe cristiana no es soledad, sino familia. Él lo ha afirmado y nosotros lo sabemos; pero ¿por qué motivos?

Pues porque la persona es lo más excelso que existe en todo el mundo: perfectissimum in tota natura, según la clásica expresión de Tomás de Aquino: lo perfectísimo. Por eso, porque «le sobra» grandeza, realidad, vigor… se encuentra destinada a la entrega de sí misma, a salir de sí y enriquecer a los otros. También las Personas divinas.

Pero, según es fácil intuir, la dádiva resulta imposible sin la simétrica y correspondiente recepción: nadie puede entregarse, de verdad, si no es recibido —mejor, libremente aceptado— por otro. Su intento, frustrado, quedaría en eso: en mero intento, en una suerte de aborto. Y, a su vez, el que lo acoge tiene que poseer la grandeza suficiente para poderlo hacer sin reservas. La entrega del varón o de la mujer suponen, por tanto, un receptor también personal: una persona abierta a asumir agradecida el don que alguien hace de sí.

Y lo mismo en Dios. Por eso el Padre no podría ser Persona —¡Entrega, Dádiva plenas!— sin el Hijo. Y viceversa.

¿Y el Espíritu Santo? Aquí cabe otra consideración jugosa y repleta de implicaciones: el Espíritu Santo es imprescindible, sostiene Tomás de Aquino apoyado en la fe, porque con solo dos personas, incluso divinas, no se realizarían en plenitud las delicias del amor: porque el Querer mutuo que se ofrendan, al no revertir en beneficio de un tercero, no alcanzaría el culmen a que se encuentra destinado. He ahí el sabroso y entrañable motivo que aduce Tomás de Aquino, tantas veces acusado de «intelectualista».

Concluyendo: la familia no proviene ni original ni substancialmente de un déficit, sino de una tremenda superioridad en el ser: de la grandeza constitutiva de la persona. La familia, también la humana, es necesaria en primer término para que, en ella y gracias a ella, la persona pueda entregarse, amar: porque solo en la familia uno es recibido de manera incondicional —incondicionada e incondicionable—, por su exclusiva condición de persona.

La familia humana no procede, pues, solo ni principalmente de la escasez. Es obvio que en su interior obtenemos multitud de objetivos que sin ella resultarían inalcanzables: el de la simple supervivencia, entre otros. Pero la familia humana es indispensable, antes y más, para que cada uno de sus miembros conquiste su plenitud a través del amor y de la entrega.

La familia compone, por consiguiente, como afirmó también Juan Pablo II, el único camino hacia la completa humanidad del hombre.

Cuanto más perfecta es una persona, habría que concluir entonces, tanto mayor es la exigencia de darse… y más imprescindible le resulta la familia (incluso aunque psicológicamente no lo advierta).

Y no al contrario, como de ordinario se piensa.

3. Los males de nuestra sociedad

Despersonalización

Aseguraba asimismo Juan Pablo II:

«Nuestra civilización […] debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas […]. El ser humano no es el presentado por la publicidad y por los modernos medios de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del “gran misterio”».[7]

Enfermedad, pérdida del sentido de la persona, menosprecio del amor… Si atendemos a estas palabras, cabría afirmar que todos los males de nuestra época se resumen, desde el punto de vista humano, con un término emblemático: des-personalización.

Muchos de nuestros conciudadanos se encuentran despersonalizados, no han alcanzado la estatura que les corresponde por su condición de personas. ¿Por qué motivos? Porque con más o menos complicidad por su parte, se han visto privados de sus capacidades más altas y, muy en concreto, de su más radicalmente personalizante posibilidad de amar. Además, y al cabo viene a ser lo mismo, porque con más o menos culpa se han adocenado, masificándose: han quedado reducidos a número o fracción. A un «tanto da» no comprometido.

Homogeneizantes son hoy muchas de las estructuras sociales: el mundo de la economía, el de la educación, el de la política, el del trabajo, el de la diversión, el de las posibilidades de pensar —¡o de no pensar!, si atendemos a lo que de hecho ocurre—, los sistemas de comunicación de masas…

Consideremos solo dos de los exponentes citados, muy cercanos y centrales: la educación y el trabajo. En el modo como de hecho se concibe y vive hoy la educación, y en las instituciones y procedimientos en que esa concepción fragua, ¿se persigue efectivamente el desarrollo de la persona como tal, como persona? Al término del proceso educativo, ¿nos encontramos con un sujeto más íntegro, más cumplido, que ha desplegado el entero conjunto de virtualidades, formidablemente enriquecedoras, contenidas de forma germinal en el mismo núcleo de su ser cuando fue concebido? ¿Estamos ante alguien que sabe efectivamente quién es, de dónde ha surgido y a dónde se encamina? ¿Ante un individuo que conoce con hondura el sentido del universo y el papel fascinante que le corresponde desempeñar entre sus hermanos los hombres? ¿Ante alguien, por consiguiente, capaz de gozar —en el sentido más noble de la expresión— de los pletóricos tesoros que ofrece la realidad, la naturaleza creada, la vida…? ¿O nos topamos, simple y reductivamente, con el técnico (aunque sea en humanidades)?

Me temo que, en una buena porción de los casos, la respuesta se decanta hacia el último de los miembros propuestos en cada interrogante. En lugar de abrir al niño y al joven a la verdad del mundo, de sí mismo y de Dios, a la bondad y a la belleza, ¿no nos hemos empeñado durante diez, quince, veinte años, con más o menos conciencia y repletos de buena pero poco lúcida intención, en agostarlo como persona: en sacar a la luz, única y exclusivamente, al especialista? ¿A dónde se han dirigido en realidad los esfuerzos de los profesores, de los padres y, casi como consecuencia, los del mismo alumno? A la construcción de un mero faber, o de un laborans, sin alma ni peso específico: casi, casi, sin humanidad. Lo que a menudo se anda buscando, sin clara conciencia, es la pieza que encaje con menos fricciones en el interior de un sistema laboral y económico, capaz de asegurar al conjunto el máximo posible de comodidades, de un bienestar a veces infrahumano, que se tiene como fin a sí mismo.

Y en el mundo del trabajo, ¿no se concreta y consolida con frecuencia la función despersonalizadora realizada durante lustros con la educación? Estamos ya en el engranaje de una maquinaria supeditada, no al crecimiento de lo humano a través de la labor profesional, sino —de manera bastante habitual— a la economía. Y a una economía cuyo gran ausente es justo la persona.

En efecto, en un sistema de producción donde los valores personales tuvieran prioridad todo desembocaría en la creación de bienes que en verdad lo fueran: realidades que colmaran una necesidad real o que, en cualquier caso, supusieran un incremento efectivo en la categoría personal de sus destinatarios. No obstante, ¿cuál es el fundamento del economicismo occidental contemporáneo? En buena medida, la demanda provocada; la creación de necesidades superfluas, casi siempre materiales, que convierten a los individuos en meros consumidores y que obligan tantas veces a realizar un trabajo sin sentido, porque no arroja como saldo otro beneficio que el meramente monetario.

Y de esta suerte el círculo se cierra. Porque un trabajo cuya única justificación sean las ganancias, y no un bien real que perfeccione a sus destinatarios, es en fin de cuentas un trabajo sin justificar, incapaz de engrandecer la fibra personal de quien lo lleva a término. Una labor profesional de este tipo, en lugar de supeditarse a la persona del trabajador y contribuir de manera eficacísima a su desarrollo, subordina a quienes lo realizan a un desorbitado e impersonal imperio del dinero, en el que también son consumidos quienes consumen los productos de semejantes tareas. Unos y otros resultan despojados de sus dimensiones más altas. De nuevo la persona se ve abandonada, sumergida de manera inquietante en una realidad infrapersonal: en el monstruo anónimo de un mercantilismo desquiciado.

Miedo al compromiso

Una pregunta resulta ahora clave. Cuanto acabo de resumir, en la medida en que de veras se dé en nuestro universo junto con otros síntomas similares, ¿desemboca primaria y exclusivamente en un adocenamiento de los individuos, en un simple atentado contra su individualidad o, según he sugerido otras veces, les impide también su desarrollo como principios y términos de amor? Y si la respuesta al segundo miembro es afirmativa, indaguemos de nuevo: ¿por qué?

Porque, en definitiva, se trata de dos aspectos de una misma y única realidad. Si volvemos a preguntarnos a fondo para qué hemos sido creados singulares, irrepetibles, únicos, la contestación final será siempre una: para poder amar.

Sabemos que el auténtico amor culmina en dádiva, que la entrega es el apogeo del amor y que nadie ama de verdad hasta que no se entrega. ¿Pero cuál es el requisito imprescindible para darse? Uno muy claro: tener el convencimiento de que, al hacerlo, procuramos al ser querido algo de enorme e irremplazable valía: nuestra persona, encarnada en mil modo diversos y complementarios, que ningún otro puede ofrecer en nuestro lugar.

En el extremo opuesto, cuando no se ha alcanzado una conciencia plena de la propia irrepetibilidad, la simple idea de entregarse deviene un sinsentido. Por ejemplo, cuando el amor entre varón y mujer se entiende en simples términos de función sexual. Pues si amarse es generar mutuamente el placer o el consuelo afectivo derivado de la cópula, si no hay otra perspectiva, ¿por qué motivo habría yo de entregarme de por vida a una mujer? ¿Por qué razones, si lo que soy capaz de ofrecerle puede dárselo cualquier otro «macho» y, en muchas ocasiones, «bastante mejor» de lo que yo lo hago? Si el amor no alcanza el interior irrepetible de la persona, el más tenue compromiso se convierte en desvarío.

En un universo homogeneizado, gris y sin contornos, ese pacto responsable se rechaza frontalmente o acaso ni se plantea: resulta inconcebible. ¿Para qué empeñarse para siempre en el matrimonio o en cualquier otro proyecto vital de envergadura, si lo que yo aporto puede también introducirlo otro u otro… pues al cabo todos somos iguales? El compromiso, en el matrimonio o en cualquier otro contexto serio, solo cobra sentido en un mundo de personas radicalmente intransferibles. Solo entonces lo que yo ofrende a mi mujer, a Dios, a mis amigos, por muy modesto y menudo que fuere, nadie está capacitado para darlo en mi lugar: ¡ni siquiera el propio Dios, pues libre y amorosamente así lo ha decidido!

Se entiende entonces la viabilidad de resumir todos los «males» de la civilización presente en torno a una y definitiva pérdida: la de la capacidad de amar. O, mejor: junto a ventajas también innegables, nuestra sociedad encierra una valencia radicalmente negativa por cuanto, de forma casi estructural, pone dificultades para el ejercicio desinteresado del amor: en la propia familia, en el ensamblaje sociopolítico, en el mundo laboral, en la relación entre las naciones…

Y es que el mayor obstáculo que hoy se opone al crecimiento de los individuos ha echado raíces muy profundas: surge, en última instancia, de la concepción del hombre que reina, más o menos confusa, en la civilización occidental. Concretando un tanto: el modelo de hombre que está en la base de bastantes de las constituciones de los países en apariencia más desarrollados es, en realidad, un homúnculo, una minipersona, una persona rebajada, contrahecha.

Lo sugeriré a través de un par de preguntas. ¿Por qué el divorcio se considera absolutamente imprescindible, como una ganancia irrenunciable, en la mayoría de esas Cartas magnas? En fin de cuentas, porque no se reconoce, al varón y a la mujer actuales, la aptitud para amar en serio: es decir, para empeñarse de por vida, jugándose a cara o cruz, en una sola tirada, el porvenir del propio corazón. Se razona, más o menos, desde la convicción de semejante pequeñez: si el ser humano no es capaz de eso, de un pacto irrevocable, vamos a ofrecerle la posibilidad de sanar con otro aceite las heridas del fracaso de su matrimonio. ¿Se soluciona algo? Quizá. Pero lo indudable es que así, con lo que estamos tratando no es ya con una persona: desprovistos de su capacidad de amar a fondo, esos individuos, principios y términos de amor, decaen de su categoría personal.

De nuevo: ¿por qué el aborto?, ¿por qué la eutanasia?, ¿por qué, en un terreno no tan vistoso, tantas barbaridades en torno al surgimiento y a la supresión arbitrarias de la vida?

Porque no se reconoce al hombre de hoy su estricto derecho al dolor, a lo que contraría mínimamente su sobredimensionado y un tanto enfermizo afán de goce. Derecho irrenunciable al sufrimiento, decía, no por masoquismo, como es obvio, sino porque el dolor constituye un requisito ineludible para amar. Como sin una cierta dosis de padecimiento el amor al cónyuge o a los hijos o amigos no puede siquiera darse, eliminar a toda costa esas contrariedades equivale a suprimir, de un plumazo, la posibilidad de que la persona alcance su plenitud… pues ésta solo se logra a través de un amor íntegro, cuajado. (Y advierto que este negar el «derecho a padecer», como medio irrenunciable de adelantamiento personal, no lo debemos situar allá lejos, en los pabellones oscuros y velados de ciertos hospitales, sino que lo ejercemos a diario con nuestros hijos, siempre que, por evitarles molestias, les impedimos superarse a sí mismos y desarrollarse.)

Cabría presentar otros muchos síntomas de las dificultades que hoy introducen las estructuras sociales —los hombres que las hemos forjado y las componemos— para la maduración del amor. En su médula, late el prejuicio no expreso, pero de tremenda eficacia, de que el hombre no puede querer desinteresadamente: buscar el bien del otro por él, por el otro, para hacerlo feliz. Cuántas veces, en el intento de explicar que la auténtica dicha se encuentra amando, en la entrega desinteresada a los otros, con olvido de uno mismo, he tenido que enfrentarme con la misma monótona y arraigadísima convicción: «¡eso es imposible!, ¡nadie puede hacer nada sin buscarse en el fondo a sí mismo… con una dosis más o menos consciente de hipocresía, si lo que manifiesta de cara a la galería es un gratuito desinterés!»

Me ha sucedido con jóvenes y con adultos, con personas unidas a mí por lazos familiares o de amistad o por su condición de alumnos, o con otros con los que por casualidad ha salido esta conversación en circunstancias inesperadas, como un largo viaje o un encuentro fortuito. Recuerdo —hace ya años— mis esfuerzos por hacer ver a los integrantes de una escuela de Marketing el sentido más radical del trabajo. El asombro casi despreciativo con que me observaban cuando, las primeras veces, intentaba comunicarles que ese significado lo da el amor, la búsqueda del beneficio personal del destinatario de mi tarea. Y la desilusión con que a veces, al cabo de un par de meses, ya más o menos convencidos, me confesaban: «pero, don Tomás, si yo obrara así, no duraría ni una semana en mi empresa…»

Y tal vez tuvieran razón.

¿No se ha instaurado en buena porción de nuestra sociedad una suerte de mecanismo subrepticio y demoledor frente a quien solo y palmariamente persigue el bien? ¿No nos tropezamos en más de una ocasión con la sospecha de un objetivo oculto o de una doble intención, cuando deseamos simplemente servir o ayudar a los demás? ¡Cuántas anécdotas podría narrar a este respecto! En última instancia, opera a menudo la horrible convicción de Sartre, tan extendida vitalmente en un mundo habitado por la lucha y la competitividad, de que los otros son «el mal», «el infierno».

La conclusión de estas cuatro pinceladas, que han subrayado voluntariamente lo más negativo de nuestra civilización, es que en la medida en que algo o alguien impiden amar, despersonalizan. Por eso vivimos sumergidos en una crisis de despersonalización. Y por eso la necesaria respuesta, ante este mal endémico, es el empeño personal en una tarea hondamente personalizadora. Sin atender para nada al pasado, que no nos interesa, sino mirando al presente para asegurar un futuro mejor.

¿Y en concreto? Puesto que se trata de luchar contra un proceso despersonalizador, habrá que poner en juego, hasta el fondo, la institución más radicalmente personalizadora: la familia, única realidad en cuyo seno se vive —si de veras se empeña es ser familia—, actualizando todos los resortes de nuestra condición de personas. Amando y siendo amados por un único motivo: porque somos personas, lo más grande de la naturaleza: amigos, al menos virtuales y mientras no lo rechacemos definitivamente, de Dios. ¿Cabe pedir más?

Por eso repetía Juan Pablo II que el hombre solo puede desarrollarse en plenitud viviendo en un hogar. Que este es del todo insustituible. O, con palabras literales; «que el hombre no tiene otro camino hacia la humanidad más que a través de la familia», que, por tanto «debe ser colocada como el fundamento mismo de toda solicitud para el bien del hombre y de todo esfuerzo para que nuestro mundo humano sea cada vez más humano».[8]

(Sigue)

Tomás Melendo

tmelendo@uma.es

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