31 de Marzo, 2017, 12:41: ALFRE306Bioética
Por: Nicolás Jouve de la Barreda | Fuente: bioeticaweb.com



Hace unos meses conocíamos un importante, extenso y documentado informe del ámbito de la psiquiatría, firmado por los americanos Paul R. McHug y Lawrence S. Mayer, titulado “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales”. Este informe fue publicado en la revista americana de tecnología y sociedad The New Atlantis [1].

En el informe se señala que algunas de las afirmaciones más frecuentemente oídas sobre sexualidad y género carecen por completo de evidencia científica y que la orientación sexual y la identidad de género se resisten a cualquier explicación teórica simplista. El informe de los Dres. Paul R. McHug y Lawrence S. Mayer es concluyente: las pruebas científicas no respaldan la visión de que la orientación sexual es una propiedad innata y biológicamente fija del ser humano (la idea de que los individuos “nacen así”). El informe revela además que existen índices más altos de problemas de salud mental en poblaciones de personas que se definen como lesbianas, gays, bisexuales o transexuales (LGBT), y se pregunta sobre la base científica del tratamiento de los niños que no se identifican con su sexo biológico. Cada una de las conclusiones del informe está basada en la evidencia científica existente desde los distintos campos de investigación que confluyen en este campo, multidisciplinar, incluyendo la epidemiología, la genética, la endocrinología, la psiquiatría, la neurociencia, la embriología, la pediatría, la psicología y la sociología.

Los primeros interesados en tener en cuenta este documento deberían ser aquellos a los que se les llena la boca con la defensa de los intereses sociales. Es decir, a nuestros políticos nacionales y autonómicos, que en una delirante carrera por apuntarse a lo postmoderno, y dedicados al corto y pego y a la imitación demagógica de ver quién da más, llevan tiempo dedicados a legislar sin reparar en las consecuencias para las personas y la sociedad en su totalidad y desde luego al margen de la ciencia, y a aprobar unas leyes contra la vida, la familia y la salud.

La imposición de la “ideología de género” desde las administraciones públicas españolas, a través del sistema educativo y mediante duras sanciones económicas, es ya una realidad operativa en buena parte del territorio nacional, siendo ya once de las 19 autonomías las que han aprobado leyes en ese sentido en los últimos años.

A la hora de legislar en este tema se ignoran los datos de la ciencia, como se ignoraron antes de la implantación de la ley del aborto. Allí se ocultó la realidad de que el ciclo vital de un ser humano empieza tras la concepción y que, una vez terminada ésta, estamos ante una nueva vida que, en contra de lo legislado, debería ser protegida como lo que es, una realidad humana en sus primeras fases de desarrollo. Aún tenemos que oír que la Ley del Aborto de 2010 ha supuesto una reducción del número de abortos, simplemente porque desde 2009 a 2014 se ha pasado de 111.482 abortos a 98.144, sin reparar en factores como el descenso general de la natalidad, la disminución de emigrantes y el sórdido hecho de que antes de 2010 los abortos eran justificados mayoritariamente por una falsa alegación a los riesgos para la salud física o la vida de la embarazada y tras la Ley de 2010, 9 de cada 10 abortos se realizan “a petición de la mujer” y sin aducir ningún tipo de causa.



Más recientemente se ha hecho público otro informe, muy importante y que debería ser inexcusablemente tenido en cuenta antes de deslizarse por la pendiente de la ingeniería social a favor de la ideología de género. En este caso, son sus autores los pediatras Michelle A. Cretella y Quentin Van Meter, presidente y vicepresidente, respectivamente, del Colegio Americano de Pediatría y el psiquiatra Paul McHugh. El informe se ha hecho público a través de la web del Colegio Americano de Pediatría y del mismo se ha adelantado un resumen estructurado en 8 puntos, por el que se insta a educadores y legisladores a rechazar todas las políticas que condicionan a los niños a aceptar como normal una vida de suplantación química y quirúrgica del sexo opuesto. En él se afirma que “los hechos –no la ideología– determinan la realidad” [2].

En este informe se señalan puntos tan obvios como que la sexualidad humana es un rasgo biológico binario objetivo: “XY” y “XX” son marcadores genéticos de varón y mujer, respectivamente, no marcadores genéticos de un trastorno. La sexualidad humana es binaria por diseño con el propósito obvio de la reproducción y el florecimiento de nuestra especie. Nadie nace con un género. Todo el mundo nace con un sexo biológico. El género (conciencia y sentido de uno mismo como hombre o mujer) es un concepto sociológico y psicológico; no una realidad biológica. Una persona que cree que él o ella es algo que no es, en el mejor de los casos, muestra un signo de pensamiento confuso [3]. La pubertad no es una enfermedad y el bloqueo de la pubertad mediante hormonas puede ser peligroso. Es importante la afirmación de que el 98% de los casos de confusión de género en niños y el 88% en niñas es transitorio, y finalmente aceptan su sexo biológico después de pasar de forma natural su pubertad [4]. Por ello, el forzamiento de cambio de sexo mediante hormonas (testosterona y estrógenos) en los niños y niñas que tienen esa confusión transitoria es un error, ya que estos tratamientos están asociados a peligrosos riesgos para la salud, que incluye, entre otros, presión arterial alta, coágulos sanguíneos, accidente cerebro-vascular y cáncer. En el mismo informe se reitera que los índices de suicidio son 20 veces mayores entre los adultos que usaron hormonas y se sometieron a cirugía de reasignación de sexo y califica de “abuso infantil” el adoctrinamiento de los niños en la creencia de que la suplantación química y quirúrgica del sexo opuesto es normal y saludable.

Este importante informe del Colegio de Pediatría de EE.UU plantea una inquietante pregunta que deberían responder los responsables políticos que han respaldado leyes como la de ?Protección integral contra la LGTBIfobia y la discriminación por razón de orientación e identidad sexual en la Comunidad de Madrid?, o cualquiera otra de las ya vigentes en España: ¿Qué persona razonable y compasiva condenaría a los niños a los peligrosos riesgos para su salud de los tratamientos de cambio de sexo, sabiendo que después de pasar de forma natural su pubertad el 88% de las niñas y el 98% de los niños terminarán aceptando su sexo biológico?

Bien está el objetivo de establecer un marco normativo adecuado para garantizar el derecho de toda persona a no ser discriminada por razón de su orientación sexual o identidad y/o expresión de género. Pero téngase en cuenta lo señalado en estos importantes informes a la hora de aplicar leyes que, bajo la apariencia de garantía de un tratamiento adecuado en materia de salud, acepta decidir a someter a terceras personas (caso común tratándose de menores) a tratamientos hormonales o quirúrgicos, bajo el señuelo de que lo contrario coartaría su libertad de autodeterminación de género. Si bien todo profesional de la salud o que preste sus servicios en el área sanitaria está obligado a proyectar la igualdad de trato a las personas LGTBI, por encima de ello debe conocer y aplicar los principios deontológicos propios de su profesión, que en el caso de España están claramente expresados en el art. 5.3, del Código de Deontología Médica, actualizado en julio de 2011: “La principal lealtad del médico es la que debe a su paciente y la salud de éste debe anteponerse a cualquier otra conveniencia”.

[1] Mayer, L.S., McHugh, P.R. (2016). “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales”. The New Atlantis, 50 (Otoño 2016)
[2] Informe del American College of Pediatricians. Publicado en la Web Acpeds.org el 17 de Agosto de 2016.
[3] Zucker, Kenneth J. and Bradley Susan J. “Gender Identity and Psychosexual Disorders.” FOCUS: The Journal of Lifelong Learning in Psychiatry. Vol. III, No. 4, Fall 2005 (598-617).
[4] American Psychiatric Association: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, Arlington, VA, American Psychiatric Association, 2013 (451-459). See page 455 re: rates of persistence of gender dysphoria.image004.jpg

 

30 de Marzo, 2017, 12:07: ALFRE306Familia y Sociedad
Un reto que vale la pena si reconocemos que lo más hermoso de una familia es esa convivencia que une corazones


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Muchas familias viven esclavizadas. Padres e hijos dependen de la televisión, del móvil, del teléfono, de internet, de la radio, de juguetes electrónicos, de mil aparatos nacidos con la moderna tecnología.

¿Podemos imaginar qué puede hacer una familia que “apaga” todo? ¿Somos capaces de dejar de lado maravillas de la técnica que nos han llenado de entretenimientos y que muchas veces nos han vaciado de contenidos profundos y de relaciones humanas enriquecedoras?

Imaginemos por un momento una familia que acepta este reto. En el comedor, los padres lanzan la propuesta. Los hijos la escuchan sorprendidos. Alguno estará descontento, protestará. Pero al final, después de un rato de diálogo, llega el sí definitivo.

La televisión queda muda y tranquila. Por un día no lanzará imágenes, ni suscitará emociones, ni gritará canciones, ni angustiará con noticias de atentados y de robos. La radio también guarda silencio. Lo mismo ocurre con el dvd, el iPod, las computadoras, el Nintendo...

Lo más difícil es desconectar el teléfono y apagar los móviles. Es que todos esperan una llamada, o tienen miedo de que alguien les busque y encuentre la línea con un sonido extraño de “ocupado”... Pero la decisión está hecha, y hay que lanzarse a la aventura.

La tecnología, con sus mil posibilidades, queda entre paréntesis. La familia se descubre, por unas horas, simplemente como eso, como familia. Entre cuatro paredes, con cosas que decirse o que escuchar, con silencios extraños, sin posibilidades de fuga.

Apagar esos aparatos que se han convertido en “imprescindibles” pone a la familia a corazón abierto. Quizá el esposo se dará cuenta de que vive casi drogado por las noticias en internet. O la esposa reconocerá que ya casi no puede vivir sin una telenovela. O el hijo descubrirá que está siempre pendiente de las últimas novedades de su chat favorito. O la hija notará la angustia al ver que ni manda ni recibe mensajes por sms a sus amigas. Más de uno notará hasta qué punto “necesita” ese jueguito electrónico con el que pasar las horas de modo tan emocionante...

La técnica esconde este peligro: poco a poco nos encierra en pequeños mundos, aislados de los demás, obsesionados por los propios deseos. O ha hecho que todos juntos seamos esclavos de un programa televisivo que parece unir a la familia, cuando en realidad disminuye los tiempos para el diálogo profundo y para la ayuda a quien necesita un rato de desahogo.

El experimento no sólo nos permite ver hasta qué punto vivimos atados a la técnica. De un modo positivo, lleva a la familia a disponer de un tiempo magnífico para que todos miren hacia dentro y hacia afuera.

¿Qué riquezas tengo y ofrezco a quienes viven bajo el mismo techo durante tantas horas del día? ¿Qué recibo de los míos, de los que están a mi lado? ¿Qué digo, qué hago, qué tengo para que la familia empiece a vivir de modo nuevo?

Muchos notarán que en casa viven como se viviría en un hotel: entre las mismas paredes, pero cada quien con sus propios planes personales. Otros, en cambio, notarán una especie de liberación profunda: por fin tienen tiempo para dedicarse a fondo a los demás.

Entonces, ¿qué hacemos ahora con este tiempo? Podemos preguntar qué tal le va al pequeño en los estudios. O cómo se siente el chico con su novia. O qué piensa la hija mayor sobre su posible trabajo profesional. O cómo el padre o la madre notan que los años pasan y los hijos crecen en edad y en decisiones, cómo avanzan hacia el día doloroso pero bello de “volar del nido”.

Al hacernos estas y otras preguntas nacerá un deseo profundo de dialogar. Ahora hay tiempo, en grupos pequeños o todos juntos. Así es posible abrirse, descubrir sueños no realizados, esperanzas maravillosas, desilusiones amargas, alegrías y éxitos en la vida académica o en el trabajo.

Dialogar en familia, si hay cariño, hace que el tiempo sin aparatos sea no sólo un momento de sacrificio, sino una ocasión magnífica, deseada intensamente, para dedicarse a aquellos temas magníficos que cada quien esconde en su corazón.

El “día sin aparatos” nos permite, además, darnos cuenta de tantos detalles por mejorar en casa. Una pared que hay que arreglar, un cuadro que necesita un nuevo marco, unos calcetines que piden un lavado más intenso, unos libros que se ahogan entre el polvo del olvido.

Unos libros... También el día sin aparatos nos ofrece tiempo para acceder a tantos medios que ayudan a trabajar en la propia cultura. La lectura de un buen libro (hay que dejar de lado aquellos que no valen nada o que dañan) enriquece al lector y permite luego, en familia, aportar ideas y reflexiones. ¿Recordamos todavía a la abuela o a los propios padres cuando nos contaban cuentos e historias apasionantes, cuando nos enseñaban lo que ellos antes habían aprendido gracias a lecturas muy valiosas?

Un día sin aparatos también nos permite mirar hacia fuera del hogar. A la naturaleza, con sus maravillas, con su vida, con sus ciclos, con su misterio de nacimiento y de muerte. A los hombres y mujeres del mismo barrio, muchos de ellos necesitados de un rostro que les mire y les escuche con cariño. ¿No es hermoso ver a familias que visitan un asilo de ancianos o que dedican parte de su día a ayudar en tantas posibles tareas de voluntariado social?

Abiertos a la naturaleza y a los demás, nos abrimos también a Dios. Existimos porque nos ama. Podemos disfrutar de alimentos, paredes y electricidad porque vela por cada uno de sus hijos. Sería triste que los aparatos, fruto del ingenio que Dios nos otorga como seres racionales, nos hayan apartado de Aquel hacia el cual caminamos cada día.

Para muchos imaginar una jornada sin aparatos es casi como suspirar por un sueño inalcanzable. Pero al menos podemos tener la sana osadía de hacer el experimento, aunque sea por unas horas. Vale la pena si nos ayuda a sacar lo bueno que existe en nosotros, si permitimos curar lo malo que también nos acompaña en los mil caminos de la vida, si acogemos y nos dejamos acoger por tantas personas que nos quieren de veras bajo los mismos muros de una casa.

Un día sin aparatos: ahí queda el reto. Un reto que vale la pena si reconocemos que lo más hermoso de una familia es esa convivencia que une corazones y que permite acoger y dar lo que tenemos y lo que somos para que la vida de los demás entre en la nuestra, y para que la nuestra se convierta en un esfuerzo continuo por hacer felices a los que viven a nuestro lado.

Comentarios al autor: P. Fernando Pascual

29 de Marzo, 2017, 11:06: ALFRE306Familia y Sociedad
Si ya logramos abrir el canal de comunicación con nuestro cónyuge, ahora es importante hacer más efectiva esa comunicación


Por: Silvia del Valle | Fuente: www.tipsmama5hijos.com



Si ya logramos abrir el canal de comunicación con nuestro cónyuge, ahora es importante hacer más efectiva esa comunicación, es decir, tratar de eliminar lo mas posible los elementos de confusión que provocan rupturas en la comunicación.

 

Así que hoy te voy a dar 5Tips para lograrlo.

 

PRIMERO. CONFÍA MENOS EN TU MEMORIA Y APÓYATE EN LO GRÁFICO


¿No te ha pasado que a veces piensas que ya le plagiaste algo a tu cónyuge y no fue así?



En mi caso muy seguido me pasa que me dice mi esposo, ¿Qué no te acuerdas? ¡Ya te había dicho! Y la verdad es que no fue así.

Para el es algo increíble porque esta seguro de que ya me comunicó lo que estaba pensando, pero en realidad no lo hizo y cuando me pregunta que ha pasado con ese tema, pues yo simplemente no se de que me habla.

Para esto lo que hemos implementado es un calendario de la buena comunicación. ¿En qué consiste? En un calendario con cuadros grandes vamos anotando las cosas trascendentes o los acuerdos a los que llegamos, así aunque uno de los dos no recordemos que se ha dicho algo, ahí queda plasmado.

Esto nos ha ayudado mucho ya que la memoria no siempre nos ayuda para llegar a un acuerdo, pero plasmado gráficamente no cabe duda de lo que sucedió.

 

SEGUNDO. EXPRESA CON CLARIDAD LO QUE SIENTES


Es necesario identificar lo que estamos sintiendo para poderlo expresar adecuadamente.

De otra forma lo único que logramos es una gran confusión que la mayoría de las veces termina en discusión y hasta en pleito.

Para poder expresar algo, debemos antes saber que es. Así que es muy importante que sepamos cuales son nuestros sentimientos y si no los tenemos claro, debemos buscar un espacio para identificarlos y después compartirlos.

También se vale decirle a nuestro cónyuge que necesitamos tiempo para reconocer lo que esta pasando por nuestra mente y nuestro corazón y que por eso no dialogamos en ese momento. Para eso debemos tener un código, es decir, una palabra clave que los dos la entendamos y que nos ayude a no dar tantas explicaciones en el momento.

Por ejemplo, nosotros decimos “tiempo fuera” y el otro comprende que es necesario dar tiempo para aclarar las ideas y los sentimientos.

 

TERCERO. EVITA LA SUSCEPTIBILIDAD


¿Qué es susceptibilidad? Es cuando la persona es demasiado delicada o que es fácil de ofenderse con cualquier pretexto, por ejemplo, cuando sentimos que todo lo que se dice es por nosotros.

Si vemos que alguno de los dos tiene esta actitud, lo mejor es dejar el diálogo para otro momento porque seguro que tampoco terminara bien.

La susceptibilidad hace que se vean las cosas fuera de las debidas proporciones. Y lo que puede ser un diálogo constructivo se transforma en recriminaciones y por lo mismo en reclamos.

Nosotros llegamos al acuerdo que si alguno detecta en el otro este tipo de conductas, se lo hace saber al otro con dulzura y dejamos el diálogo para otro momento, cuando los dos estemos tranquilos y en paz.

 

CUARTO. NO ES LO MISMO ME MOLESTA QUE ME DUELE


Les voy a contar lo que nos paso a mi esposo y a mi. Una vez me dijo muy seriamente que le molestaba a mucho que yo tuviera una actitud en especial con el y no me dio más explicaciones. El se quedó con la idea de que yo había comprendido lo que me había querido decir.

La verdad es que yo seguí con la misma actitud porque lo que yo había entendido es que su molestia era por una actitud soberbia de su parte, así que no le di importancia a su petición.

Hasta que un día me preguntó que por qué no le había hecho caso a lo que me había dicho antes. Que ya me había dicho que le dolía mucho mi actitud.

En ese momento me brincó la palabra dolor y le comenté que nunca me lo había dicho y el me dijo que si que me había dicho que le molestaba mucho.

Yo le comenté que era diferente que le molestara a que le doliera y que para mi implicaba dos acciones diferentes a seguir.

Yo cambié inmediatamente de actitud y entendí que lo estaba dañando verdaderamente. Ahí aprendí que es muy importante distinguir entre me molesta y me duele.

Es común que no hagamos diferencia, pero debemos tratar de aplicarlo para ser más específicos con nuestros sentimientos y los de los demás.

 

QUINTO. ME DUELE COMO CUANDO…


Una vez entendido esto, platicando con unos queridos amigos sobre el punto anterior, ellos nos compartieron que en un curso de matrimonios a ellos les dijeron que era también muy importante cuantificar el dolor que generan los hechos o las actitudes, así que les recomendaron que dijeran “me duele como cuando…” Y nos ponían el ejemplo de “como cuando me sacan una muela” o “como cuando me pego en la cabeza” de esta forma la otra persona puede cuantificar la magnitud de la afección de su actitud al cónyuge.

A partir de ese momento hemos tratado de aplicarlo y hasta ahora nos ha funcionado porque ya es mas fácil que mi esposo entienda lo que le quiero decir por ser muy gráfica mi descripción.

Estos son solo algunas estrategias para hacer más efectiva nuestra comunicación.

 

28 de Marzo, 2017, 10:47: ALFRE306Familia y Sociedad
Cada ser humano ocupa un lugar en la historia universal, todo ser humano deja una huella imborrable.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. |



Cada ser humano ocupa un lugar en la historia universal. No en la que aparece en los manuales, ni en los documentos, sino en aquella en la que cada creatura deja una huella imborrable.

Ese lugar, para algunos, tendrá una apariencia pequeña, insignificante. En la familia, doblar calcetines, planchar camisas, limpiar platos: ¿qué valor pueden tener actos tan sencillos?

Lo tienen, sin duda. Porque una camisa planchada con cariño cambia algo en la casa y, desde la casa, en los vecinos, en los amigos, en los compañeros de trabajo, en el tráfico, incluso en las naciones.

Descubrir el sentido pleno de las cosas sencillas permite reconocer su valor. Desde luego, las consecuencias de un buen planchado parecen insignificantes frente a las de un parlamento que declara la guerra o que aprueba un aumento de impuestos. Pero no por ello el planchado deja de tener su puesto en la historia.

Si la mirada se alarga a lo que ocurre tras la muerte, las decisiones adquieren un valor inmensamente más grande. Porque hasta un vaso de agua dado a un pequeñuelo tiene consecuencias en lo eterno (cf. Mt 10,42).



Cada hora, cada minuto, tienen un sentido. Sirven para promover el amor o para herirlo, para levantar muros o para construir puentes, para escuchar al triste o para aumentar las tensiones.

Por eso, necesito mirar al cielo y pedir ayuda a Dios. Para que limpie mi corazón de todo egoísmo, para que me ayude a tener ideas nobles y generosas, para que me lance a obras buenas, aunque parezcan sencillas e insignificantes, para que me indique cuál es mi lugar en la historia humana.

De este modo, mis pensamientos y acciones, ayudados por la gracia divina, abiertos a las necesidades de mis hermanos, se convertirán en un instrumento en las manos de Dios para que la historia humana tenga menos páginas oscuras y más amores, en el tiempo y en la eternidad.

27 de Marzo, 2017, 11:51: ALFRE306Familia y Sociedad
Dejar, no es sinónimo de abandonar, olvidar, desatender a tus padres, porque eso es ingratitud.


Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.net



Goza, disfruta a tus padres, mientras los tengas, mientras Dios te los deje para que convivas con ellos. Aprovecha su experiencia, déjate guiar por sus consejos y experiencia…que eso te ayudará a madurar más y mejor.


Aunque seas mayor de edad siempre requerirás de una sugerencia u opinión, y sí has formado tu propia familia, recuerda que: Dejar, no es sinónimo de abandonar, olvidar, desatender a tus padres, porque eso es ingratitud. Y lo que tus hijos ven que haces con tus padres, tus hijos harán contigo cuando ellos sean adultos.


Busca siempre a tus padres por ayuda, consejos y sugerencias positivas. El cariño de tus padres ¡SIEMPRE! Lo necesitarás. Todos necesitamos de todos.


Los padres nunca podrán decir que ya terminaron su misión con sus hijos…LA MISION nunca termina y perdura hasta los nietos.


Trata a tus padres como quieras que tus hijos te traten a ti. San Francisco de Sales, nos enseña algo muy importante para la enseñanza del amor: “No sólo amar a los demás, sino que los demás sientan y se den cuenta que sí los amamos”.




No seas orgulloso, soberbio y arrogante, sé humilde y sencillo. Recuerda que Dios a través de tus padres te dio el don más preciado, la vida. Y todo lo que tienes y eres se lo debes a Dios y a tus padres.


Y si tus padres alguna o varias veces fallaron…perdónalos; tú no debes juzgarlos. Sólo ellos darán cuenta de sus errores. Sí quieres vivir en paz contigo mismo, perdona y libérate de las malas experiencias, y la felicidad florecerá en tu corazón.


Viniste al mundo para vivir positivamente y no llenarte de odio y rencor, viniste para superarte a ti mismo y ser mejor cada día por tu propio bien y de los que te rodean. Naciste para hacer felices a los demás y para ser feliz tú mismo.


¡HERMANO EN VIDA HERMANO!


“Si quieres hacer feliz a alguien que quieras mucho… díselo hoy, sé muy bueno en vida, hermano, en vida…                                                                                                                                                        Nunca visites panteones, ni llenes tumbas de flores, llena de amor corazones, en vida, hermano, en vida…” (Ana María Rabatté)

 

25 de Marzo, 2017, 12:40: ALFRE306Familia y Sociedad
Estas son las enormes y peligrosas diferencias de vivir el embarazo y el parto en distintos países del mundo.


Por: Blanca Ruiz Antón | Fuente: Revista Misión



Los meses de embarazo son un tiempo de esperanza, cuidados y mimos que ayudan a la madre a sobrellevar las incomodidades de su estado. Pero esto no es así en todos los países. En algunos, dar a luz es una hazaña a la que las mujeres se enfrentan solas y con un mínimo acceso a la sanidad.


Cada año se producen en el mundo más de 135 millones de partos. De ellos, 20 millones presentan complicaciones posteriores como fiebre, anemia, fístu­las, incontinencia… En los países de­sarrollados se trata de una mera anécdota que no contrarresta la alegría por la llegada del nuevo bebé, pero para las mujeres del África Subsahariana y de Asia Meridional –zonas con la mayor tasa de mortalidad materna– suponen, casi siempre, la muerte. En regiones como la India, o en los campos de refugiados repartidos por todo el mundo, el índice de madres que fallecen tras el parto es, igualmente, muy elevado.


Según datos de septiembre de 2016 de la Organización Mundial de la Salud, 850 mujeres mueren a diario en el mundo por complicaciones derivadas del embarazo y el parto. 550 de ellas en el África Negra, 180 en el sur de Asia y 8 en países desarrollados. Hemorragias, infecciones, hipertensión gestacional o preeclampsia son las principales causas de muerte entre las gestantes. Y eso sin contar los 16 millones de partos de niñas entre 16 y 19 años cuya edad las sitúa como grupo de alto riesgo.


Tan solo en 2015, 303.000 mujeres murieron durante el embarazo o el parto, 2,7 mi­llones de niños recién nacidos fallecieron y otros 2,6 millones nacieron muertos. Cifras dramáticas que reflejan la realidad de los millones de mujeres que se ven obligadas a dar a luz en sus casas, sin atención sanitaria, bajo los cuidados de familiares o curanderos, e incluso a solas; en unas pésimas condiciones higiénicas para la madre y el bebé antes, durante y tras el parto, y que no pueden acudir ni a una de las cuatro visitas al ginecólogo que se recomiendan durante las 40 semanas del embarazo. Una realidad tristísima, a pesar de que el cuidado de la maternidad ha mejorado muy sustancialmente en los últimos 25 años, en los que se ha conseguido reducir a la mitad el índice de mortalidad materna en zonas como el sur de África.  


Misión ha hablado con responsables de proyectos que trabajan para que madres e hijos tengan acceso real a cuidados durante ese tiempo tan especial y único como es la llegada al mundo. Porque ser madre siempre ha sido una aventura, pero en algunos países es una aventura demasiado arriesgada.



 

Etiopía y Senegal: El “coste” de acudir a una atención especializada.
Según Christina Maasdam, directora del centro de salud católico San Gabriel, en Addis Abeba (Etiopía), el principal reto que afrontan no es solo que las mujeres etíopes tengan acceso a cuidados y seguimiento médico durante el embarazo y el parto, sino los fuertes prejuicios que las llevan a evitar a los profesionales sanitarios. “Las madres y las suegras les hacen creer que si el embarazo les ha ido bien, el parto también será así, y las convencen para que den a luz en casa”, explica. En muchas ocasiones, especialmente en las áreas rurales, “los líderes espirituales se niegan a bendecir a los niños que han nacido en centros de salud. Es muy importante hacerles entender que el parto implica un riesgo, que un hospital es más seguro y que no tiene por qué contravenir sus convicciones religiosas”.


A pesar de las mejoras conseguidas en toda África en lo que se refiere al cuidado de las madres y sus hijos, aún hay, tristemente, un país que encabeza la lista de la tasa de mortalidad durante el parto: Senegal, donde cada día mueren cinco mujeres al dar a luz y dejan –en un momento o en otro– al 85 por ciento de los menores huérfanos de madre. La franciscana misionera Justina Miguel lleva 44 años ocupándose de esta difícil situación desde La Pouponnière, un orfanato para niños abandonados que su congregación tiene en Senegal y que acoge también a niños prematuros. En él consiguen que en su primer año de vida los bebés lleguen a pesar 3,5 kg. “En muchas ocasiones, las madres mueren tras el parto y los pequeños son abandonados. También es frecuente que los bebés nazcan con un peso muy bajo o que sus madres estén enfermas”, explica.


Actualmente acogen a 80 niños de hasta un año. Una vez cumplen el año, las Franciscanas misioneras hablan con la familia de los pequeños, si la tienen, para que se hagan cargo de ellos y facilitar así la integración familiar. En La Pouponnière les proporcionan medicamentos y leche durante el año siguiente a su salida del centro médico. “La leche es muy escasa y cara en Dakar, así que los familiares vienen a buscarla con una tarjeta, y de ese modo podemos hacer un seguimiento a distancia”, afirma.


 “Me impacta ver que los huérfanos buscan instintivamente el seno materno. Por mucho que se hagan cargo el padre o las tías, la madre es insustituible. Esto te ayuda a darte más al niño, porque algunos son muy frágiles afectiva y físicamente. A las chicas que nos ayudan las formamos en el cuidado e higiene del bebé, y en el trato con afecto, para que el niño sienta menos la ausencia de su madre”, añade.

 

Suiza: El contraste de contar con una sanidad excelente
El país helvético es uno de los referentes del estado de bienestar. Según su legislación, cada persona debe contar con un seguro médico básico obligatorio para formar parte del sistema sanitario, lo que incluye un pago anual que varía entre 300 y 2.500 francos suizos (279-2327 €) y unos 180-300 (167-279 €) mensuales por persona. La ecuatoriana Karina Alarcón, residente en Winterthur, cerca de Zúrich, ha dado a luz allí a dos hijos de 4 y 2 años y, según precisa, recibió una atención “cinco estrellas”. Karina explica que el seguro básico obligatorio ofrece tres posibilidades: “Dar a luz en casa, con atención de una matrona especializada; elegir un hospital, de manera convencional, y permanecer ingresada cuatro días tras el parto; o un ‘parto ambulatorio’, en el que vuelves a casa a las pocas horas de nacer tu bebé y una matrona te visita entre ocho y diez veces. En este caso, solo hay que pagar un plus de 100 francos suizos si es un desplazamiento largo”. “A mí –explica– me ayudaron con la recuperación, pues en las semanas después del parto tuve fuertes dolores. La matrona detectó que era algo serio y me envió al hospital para solucionarlo”. ¿Y si una persona no puede hacer frente a este gasto? El Estado subvenciona los gastos médicos.


Líbano: Ser madre en un campo de refugiados
Líbano es uno de los países de Oriente Medio con más población refugiada. Según explica la hermana Antoinette Assaf, directora del centro médico que las Hermanas del Buen Pastor gestionan en los suburbios de Beirut, “hay zonas en las que los refugiados sirios son más numerosos que los propios libaneses”. Actualmente, del total de los recién nacidos en el país, un tercio son libaneses y dos tercios son hijos de refugiados sirios.


La hermana Antoinette precisa que casi el 90 por ciento de las mujeres dan a luz en hospitales, ya que son muy accesibles para toda la población, incluso para quienes viven en campos de refugiados, que cuentan con la ayuda de Médicos Sin Fronteras. Pero en Líbano, la gran lucha está en la formación de las mujeres ya que, según explica, “gran parte de los refugiados provienen de zonas rurales en las que la mujer es valorada solo por tener hijos”.


La tasa de mortalidad infantil y materna no es alta, por lo que las religiosas se centran en ayudar a las madres a cuidar lo mejor posible de sus hijos. “Aunque no es común, este año falleció un pequeño por deshidratación, porque su madre no sabía cuánto líquido tenía que darle”, apunta. Y precisa que esa ignorancia se extiende a aspectos básicos de higiene, cómo dar el pecho o el seguimiento médico del pequeño. Por eso, en el centro que gestionan en Beirut, las religiosas luchan para que cada paciente sea atendido por un médico durante al menos 20 minutos, porque “es necesario que tenga tiempo para explicarse, que el doctor le entienda y que pueda hablar para resolver de verdad sus problemas”.

 

India: Una muy alta mortalidad durante el parto
“En la India, la mayoría de la población es rural, y la mujer es un ciudadano de segunda, más aún durante la maternidad. De hecho, se casan a los 15 o 16 años, a veces antes, sin conocer los síntomas de un embarazo ni los cuidados que hay que mantener durante ese tiempo”, explica Ana Luna, coordinadora de proyectos de Manos Unidas en la costa este de India. Luna señala que en el momento en que contrae matrimonio, la mujer pasa a ser propiedad del marido o de la familia de este, y para ellos “no vale nada”. Se enfrenta al momento de dar a luz sola o con la ayuda, en el mejor de los casos, de la partera del pueblo, que cuenta con una formación insuficiente. “Además, durante un tiempo después de dar a luz es considerada como indigna y no puede aparecer en reuniones sociales; no saben cómo cuidar o alimentar al niño, ni las medidas de higiene”, precisa Luna.


Theresa Lakra, presidenta de Odisha Catholic Health Association (OCHA), socio local de Manos Unidas en el estado de Odisha (antes llamado Orissa), comenta que “ciertos clanes tienen la creencia tribal de que cuando la embarazada tiene el estómago lleno y toma alimentos nutritivos, el peso del feto aumenta, lo que hace que los familiares priven a la embarazada de una adecuada alimentación”.


En Odisha, según datos de 2013, mueren 51 niños por cada 1.000 nacimientos, mientras que en la India la cifra ronda las 40 muertes por cada 1.000, en contraste con España donde mueren 9 por cada 1.000. Además, en esa región mueren 235 madres por cada 100.000 partos; en la India, 178 por cada cien mil; y en España, 5 por cada 100.000. Por eso, Manos Unidas y la OCHA han desarrollado un programa en el que, a través de dispensarios médicos en zonas rurales, se realiza un seguimiento de las embarazadas y de los menores de cinco años, y se imparte formación para mejorar la situación de la maternidad en Odisha.

Trabajamos con personas de aldeas cercanas que conozcan la realidad, respetando sus tradiciones y su cultura. Nos reunimos con líderes locales y con grupos de mujeres, empezando por las adolescentes, y las formamos en cuidado materno-infantil, alimentación e higiene”.

24 de Marzo, 2017, 12:12: ALFRE306Bioética
El Magisterio de la Iglesia ha enseñado de modo uniforme que la anticoncepción es siempre materia de pecado grave ¿Por qué?


Por: P. Miguel A. Fuente, IVE | Fuente: TeologoResponde.org



Pregunta:

Al confesarme, un sacerdote me dijo que la anticoncepción es pecado grave. En el momento no me animé a preguntarle si siempre era pecado mortal, o en algún caso era sólo pecado venial. ¿Podría Usted contestarme?

Respuesta:

Estimado:

Debo responderle que el Magisterio de la Iglesia -desde la Encíclica Casti connubii, de Pío XI, pasando por el Concilio Vaticano II y Pablo VI, hasta los diversos documentos de Juan Pablo II- ha enseñado de modo uniforme que la anticoncepción es siempre materia de pecado grave.

Tenga en cuenta, para entender esto, que materia grave de pecado se consideran aquellos valores fundamentales de la persona que están protegidos por los diez mandamientos (precisamente por su importancia para la perfección de la persona humana, es decir, para que la persona alcance los fines que la perfeccionan)[1].

El Magisterio de la Iglesia, pues, enseña que la anticoncepción es materia de pecado grave al afirmar que: 1º en el acto conyugal están en juego valores importantes, y 2º que los anticonceptivos ponen seriamente en peligro tales valores.



En este sentido, la Gaudium et spes presenta el acto conyugal como la expresión privilegiada y típicamente propia del amor conyugal y, a su vez, dice que el amor conyugal está constitucionalmente ordenado a la transmisión de la vida, o procreación[2]. Amor yvida son, por consiguiente, los valores centrales que están en juego en el amor conyugal. Y esos valores son evidentemente de suma importancia.

Pablo VI expresa substancialmente lo mismo poniendo de relieve los ‘significados’ del acto conyugal y fundando las exigencias éticas en el principio de la inseparabilidad de los dos significados que encierra en su estructura el acto, es decir, el significado unitivo y el procreador: ‘Esta doctrina… está fundada sobre la inseparable conexión… entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador… Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad'[3]. El mismo Papa también señalaba la totalidad y la fecundidad entre las cualidades esenciales e indispensables que debe tener el amor para ser auténticamente conyugal. En efecto, la totalidad no permite exclusiones o reservas de ninguna clase; y la fecundidad es una orientación hacia la vida por transmitir[4].

En esta línea, Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio llega a afirmar que ‘la donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona…; si la persona se reservase algo… ya no se donaría totalmente'[5].

Teniendo estas expresiones en cuenta, puede luego el mismo Juan Pablo II, al tocar el tema de la anticoncepción, enumerar todos los valores que quedan destruidos por la anticoncepción: ‘Cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como ‘árbitros’ del designio divino y ‘manipulan’ y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación ‘total’. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, la anticoncepción impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal'[6].

Quedan claramente enumerados los valores que la anticoncepción compromete objetivamente:

1º La no aceptación, por parte de los cónyuges, de su misión de ‘ministros’ y ‘colaboradores’ de Dios en la transmisión de la vida.

2º La pretensión de convertirse en ‘árbitros’ del designio divino.

3º El envilecimiento de la sexualidad humana y, por tanto, de la propia persona y de la del cónyuge.

4º La falsificación del lenguaje sexual hasta hacerlo objetivamente contradictorio.

5º La eliminación de toda referencia al valor ‘vida’.

6º La herida mortal (‘falsificación de la verdad interior’) del amor conyugal mismo.

El ‘no’ a la vida -dice Lino Ciccone- que el uso de un anticonceptivo grita con su misma denominación, se presenta así también, y ante todo, como un ‘no a Dios’. Y recuerda el modo en que lo advirtió Pablo VI en la Humanae vitae: ‘Un acto de amor recíproco que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad'[7].

Juan Pablo II no duda en decir que la dignidad de la persona queda radicalmente en peligro en el comportamiento anticonceptivo porque en la persona, que tiene como ‘constitución fundamental’ el dominio de sí, se aplica el modelo propio de la relación con las cosas, que es una relación de dominio, privando así al hombre ‘de la subjetividad que le es propia’ y haciendo de él ‘un objeto de manipulación'[8].

Se aplica aquí, por tanto, el principio del Magisterio que dice: ‘El orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados que toda violación directa de este orden es objetivamente grave'[9].

Que la anticoncepción constituye una violación directa del orden moral de la sexualidad es una enseñanza inequívoca y constante del Magisterio, dado que la califica como ‘intrínsecamente malo'[10].

Se pueden hallar más confirmaciones de la gravedad moral objetiva de la anticoncepción prestando atención a algunas características que ese comportamiento ha asumido en nuestro tiempo.

La anticoncepción, al extenderse, ha originado lo que Juan Pablo II llama ‘conjura contra la vida'[11]. Una conjura, prosigue el Papa, ‘que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto'[12].

La difusión en las masas de la anticoncepción ha sido el primer paso de un camino de muerte. De allí ha derivado pronto una vasta ‘mentalidad anticonceptiva’ es decir, una amplia actitud de rechazo de todo hijo no querido, abriendo así el camino a una gran aceptación social de la esterilización y del aborto. A su vez, esto está constituyendo la premisa para la aceptación social de la eutanasia y de su legitimación jurídica.

La anticoncepción en nuestro mundo contemporáneo ha desempeñado y desempeña un papel muy importante en el desarrollo de la asoladora ‘cultura de la muerte’, cuyas víctimas se cuentan por decenas de millones cada año. Una cultura que, además, envilece la sexualidad humana y desvirtúa el amor incluso en su forma más sublime, como es el amor materno, cuando confiere a la madre el absurdo derecho de matar al niño que lleva en su seno.

Los cónyuges que eligen la anticoncepción, lo sepan o no, contribuyen a consolidar y potenciar en su fuente esa cultura. se entiende de esta manera el juicio negativo del Magisterio.
 

Bibliografía para profundizar:

Lino Ciccone, En el Magisterio universal de la Iglesia, ¿la anticoncepción es considerada materia grave o leve de pecado? (L’OR, 24/01/97, pp. 9-10).

Lino Ciccone, Humanae vitae. Analisi e commento, Ed. Internazionali, s/f.

Pontificio Consejo para la Familia, Vademecum para los Confesores sobre algunos temas de moral conyugal, 1997.

______________________________________________

Fuentes, Miguel, La ‘Humanae vitae’ de Pablo VI: esencia de un documento profético, Diálogo 21 (1998), 101-117.

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1858 y 2072.

[2] Cf. Gaudium et spes, nn. 49 y 50.

[3] Humanae vitae, n. 12.

[4] Cf. Ibid., n. 9.

[5] Familiaris consortio, n. 11.

[6] Ibid., n. 32.

[7] Humanae vitae, n. 13.

[8] Juan Pablo II, L’OR, 26/08/84, p. 3.

[9] Congregación para la Doctrina de la Fe, Persona humana, n. 10.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2370.

[11] Evangelium Vitae, 12, 17.

[12] Ibid., 17.

23 de Marzo, 2017, 13:22: ALFRE306Familia y Sociedad
Una reflexión crítica sobre el libro “Homo Deus. Breve historia del mañana” (Parte I)

La visión materialista del ser humano ofrece un horizonte cerrado y limitado que no puede nunca responder a los anhelos de fondo de la persona humana.


Por: Jorge Nicolás Lafferriere | Fuente: www.centrodebioetica.org



“Las personas ya no se verán como seres autónomos que guían su vida en consonancia con sus deseos, y en cambio se acostumbrarán a verse como una colección de mecanismos bioquímicos que está constantemente supervisada y guiada por una red de algoritmos electrónicos” (p. 361). La idea de que los seres humanos son organismos guiados por algoritmos y las consecuencias que se siguen de ese presupuesto es uno de los grandes ejes del nuevo libro que el historiador Yuval Noah Harari ha publicado recientemente titulado“Homo Deus. Breve historia del mañana” (Debate, Buenos Aires, 2016, 496 páginas).

 

La finalidad de la obra es investigar “quién es realmente Homo Sapiens, cómo el humanismo se convirtió en la religión dominante en el mundo y por qué es probable que intentar cumplir el sueño humanista cause su desintegración” (p. 81). En este sentido, en continuidad con la primera obra del autor titulada “Sapiens. De animales a dioses”(un best-seller que fue lectura recomendada por diversas personalidades, entre las que se encontraba el creador de Facebook), el libro realiza una inteligente aunque arbitraria selección de hechos y procesos históricos íntimamente vinculados con los debates suscitados por las biotecnologías y se esfuerza por ofrecer una síntesis de los desarrollos a los que nos conduce la conjunción de los descubrimientos de las ciencias de la vida y los logros de la informática. De allí que podamos afirmar que la obra tiene un indudable interés bioético y ofrezcamos a continuación una breve reseña crítica, abierta al debate y el intercambio.

 

 



La nueva agenda humana

En apretada síntesis, podemos decir que para Harari el Homo Sapiens, luego de conseguir los poderes para controlar el hambre, la peste y la guerra, reconduce sus esfuerzos hacia tres nuevos objetivos que conforman lo que él llama la nueva “agenda humana”: buscar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad.

 

a) La inmortalidad: La inmortalidad sería el fruto de la ingeniería genética, la medicina regenerativa y la nanotecnología (p. 36). Para lograr ese objetivo, “la medicina necesitará rediseñar las estructuras y procesos más fundamentales del cuerpo humano, y descubrir cómo regenerar órganos y tejidos” (p. 40). Esto estará potenciado por la creencia en la santidad de la vida, la institución científica y la economía capitalista (p. 40).

 

b) La felicidad: Para el logro de la felicidad individual, considera que está en marcha la “solución bioquímica”, que consiste en “desarrollar productos y tratamientos que proporcionen a los humanos un sinfín de sensaciones placenteras, de modo que nunca nos falten” (p. 55).

 

c) La divinidad: En cuanto al acceso de los humanos a los poderes divinos de creación y destrucción, pasando del Homo Sapiens al Homo Deus, el autor considera que es posible a través de tres caminos: “ingeniería biológica, ingeniería cyborg e ingeniería de seres no orgánicos” (p. 56). Por la ingeniería biológica, se reescribirá el código genético, se reconectarán circuitos cerebrales, se modificará el equilibrio bioquímico o incluso se crearán nuevas formas corporales (p. 56). La ingeniería cyborg “fusionará el cuerpo orgánico con dispositivos no orgánicos, como manos biónicas, ojos artificiales, o millones de nanorrobots” (p. 57). Y finalmente se podrían crear seres “totalmente inorgánicos” de modo que las redes neuronales sean sustituidas “por programas informáticos con la capacidad de navegar tanto por mundos virtuales como no virtuales, libre de las limitaciones de la química orgánica” (p. 58).

 

La persona humana, ¿sólo un algoritmo?

Una de las ideas centrales que atraviesa el libro es que los organismos, entre los que se encuentran los seres humanos, son algoritmos. Así lo resume Harari en uno de los pasajes de la obra: “1. Los organismos son algoritmos, y los humanos no son individuos: son ‘dividuos’. Es decir, los humanos son un conjunto de muchos algoritmos diferentes que carecen de una voz interior o un yo únicos. 2. Los algoritmos que conforman un humano no son libres. Están modelados por los genes y las presiones ambientales, y toman decisiones, ya sea de manera determinista, ya sea al azar, pero no libremente. 3. De ahí se infiere que un algoritmo externo puede teóricamente conocerme mucho mejor de lo que yo nunca me conoceré. Un algoritmo que supervisa cada uno de los sistemas que componen mi cuerpo y mi cerebro puede saber exactamente quién soy, qué siento y qué deseo. Una vez desarrollado, dicho algoritmo puede sustituir al votante, al cliente y al espectador. Entonces el algoritmo será quien mejor sepa lo que le conviene, el algoritmo siempre tendrá la razón y la belleza estará en los cálculos del algoritmo” (p. 360). Al tiempo que recuerda que “un algoritmo es un conjunto metódico de pasos que pueden emplearse para hacer cálculos, resolver problemas y alcanzar decisiones” (p. 100), el autor repite la idea en otros pasajes, como por ejemplo cuando afirma que “las emociones son algoritmos bioquímicos vitales para la supervivencia y la reproducción de todos los mamíferos” (p. 100).

 

En las raíces de esta postura Harari ubica a la teoría de la evolución,que derriba el “relato” del alma y de la libertad, de modo que “la palabra sagrada ‘libertad’ resulta ser, al igual que ‘alma’, un término vacuo que no comporta ningún significado discernible. El libre albedrío existe únicamente en los relatos imaginarios que los humanos hemos inventado” (p. 313).Y luego explica: “En realidad, solo hay una corriente de conciencia, y los deseos surgen y transcurren dentro de dicha corriente, pero no hay un yo permanente que posea los deseos, de modo que no tiene sentido preguntar si elijo mis deseos de manera determinada, aleatoria o libre” (p. 315). “Si los organismos en verdad carecen de libre albedrío, ello implica que podemos manipular e incluso controlar sus deseos mediante el uso de drogas, ingeniería genética y estimulación directa del cerebro” (p. 316).

 

Para el autor, hay que prestar atención a tres procesos concentrados: “1. La ciencia converge en un dogma universal, que afirma que los organismos son algoritmos y que la vida es procesamiento de datos.2. La inteligencia se desconecta de la conciencia.3. Algoritmos no conscientes pero inteligentísimos pronto podrán conocernos mejor que nosotros mismos” (p. 431).

 

Una valoración antropológica del pensamiento de Harari

Más allá de las justificadas críticas que cabría hacer a Harari por incurrir en el llamado “determinismo genético”, podemos profundizar en una valoración antropológica del tema.

El hecho de que el ser humano tenga las herramientas para penetrar hasta los secretos más precisos y concretos de la vida biológica no significa que la vida humana se reduzca a esos componentes “materiales”. Justamente, la expresión “dignidad humana” viene a expresar el reconocimiento de una excelencia en el ser de la persona humana que abarca y excede a los componentes corporales, implicando una necesaria dimensión espiritual. Esa dimensión se expresa en las potencias espirituales, inteligencia y voluntad, capacidad de conocer y amar. De allí que la principal crítica que puede formularse a la visión del libro es el materialismo que reduce al ser humano a sus componentes materiales y desconoce los dinamismos espirituales.

 

De hecho, el autor reconoce que “la ciencia sabe muy poco acerca de la mente y la conciencia... Nadie tiene ni idea de cómo una diversidad de reacciones bioquímicas y de corrientes eléctricas en el cerebro generan la experiencia subjetiva de dolor, ira o amor” (p. 126). Y también “es la mayor laguna en nuestra comprensión de la vida” (p. 128). “¿Por qué tienen los humanos experiencias subjetivas de hambre y miedo?” (p. 129). “A pesar del enorme conocimiento que hemos reunido en los ámbitos de las matemáticas y de la informática, ninguno de los sistemas de procesamiento de datos que hemos creado necesita experiencias subjetivas para funcionar, y ninguno siente dolor, placer, ira o amor” (p. 132).

 

La visión materialista de la persona aparece en toda su evidencia cuando el autor, hablando del objetivo de la “inmortalidad”, reconoce que en realidad serán superhumanos “amortales”, que “podrán morir todavía en alguna guerra o accidente, y nada podrá hacerlos volver del inframundo. Sin embargo, a diferencia de nosotros, los mortales, su vida no tendrá fecha de caducidad” (p. 37). Es una “inmortalidad” inmanente, centrada en este mundo y por tanto limitada y finita. Difícilmente pueda pensarse como feliz y plena una inmortalidad que se limite a este mundo. Corresponde aquí confrontar esta visión de la inmortalidad con aquella que es propia del cristianismo, que sostiene que Jesucristo resucitó y está vivo junto a Dios Padre. De la fe en la Resurrección se deriva una fe en que todos los seres humanos estamos llamados a participar de esa resurrección. Este punto es muy bien tratado por Benedicto XVI en la encíclica SpeSalvi, donde distingue adecuadamente la pretensión de una vida eterna aquí en la tierra: “Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable” (Benedicto XVI, Carta Encíclica SpeSalvi, 2007, n. 10).

 

Reflexionar sobre el carácter contingente y limitado de la persona no significa negarse a buscar la salud y la curación de la persona humana, pero dentro de los cauces de su condición de creatura y del orden que surge de las cosas. En este sentido, la visión materialista del ser humano ofrece un horizonte cerrado y limitado que no puede nunca responder a los anhelos de fondo de la persona humana.

 

El enfoque materialista de la persona, a su vez, resulta funcional a las tendencias ideológicas que reducen a la persona a mero sujeto de relaciones de consumo o a mero engranaje de mecanismos sociales de circulación de bienes y servicios. Además, si la vida humana es mero algoritmo, se debilitan socialmente las razones para luchar por la dignidad de cada uno. ¿Cuáles serían las razones para defender la dignidad de cada persona humana? Ni siquiera la dignidad de la especie humana como tal aparece defendible ante esta impronta materialista.

 

Justamente en relación a estas consecuencias sociales de la visión materialista de la persona, Harari llama correctamente la atención sobre la posibilidad de que surja una selecta clase de superhumanos, que deje a millones de seres humanos en la irrelevancia y en una pobreza extrema sin las condiciones más básicas de la vida. Y señala que existe una fuerte tentación a que ello se produzca, si tenemos en cuenta el cambio operado en la medicina: “La medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Curar a los enfermos fue un proyecto humanitario, porque daba por hecho que existe un estándar normativo de salud física y mental que todos pueden y deben disfrutar. Si alguien caía por debajo de la norma, era tarea de los médicos resolver el problema y ayudarle o ayudarla a ‘ser como todo el mundo’. En cambio, mejorar a los sanos es un proyecto elitista, porque rechaza la idea de un estándar universal aplicable a todos, y pretende conceder a algunos individuos ventajas sobre los demás” (p. 380-381).Sin embargo, al asumir un enfoque materialista que anula la libertad, Hararicierra las “opciones” para revertir ese proceso y dar una justa respuesta a cada persona en su inalienable dignidad.

 

Si todos los organismos son algoritmos y procesos irrefrenables, ¿por qué existen opciones para la humanidad? Si no existe el libre albedrío ni el alma, ¿por qué plantear la posibilidad de poner límites y actuar ante esta nueva “agenda humana”? Aquí se encuentra una de las contradicciones de esta obra.

 

Deslumbrado por las conquistas biotecnológicas, Harari lleva hasta sus últimas consecuencias una visión materialista y determinista del ser humano. Sin embargo, soslaya la innegable dimensión espiritual que tiene la persona humana y que, justamente, está en la base de las aspiraciones a la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Sólo el ser humano tiene esa dignidad ontológica y moral que lo lleva a buscar su perfección.

 

Como hemos dicho muchas veces, junto con el extraordinario poder que tiene el ser humano de conocer y dominar los procesos biológicos y materiales, debe garantizarse y desarrollarse una proporcionada capacidad de descubrir y respetar la inalienable dignidad de cada persona humana, en su condición de participación en el ser, creada a imagen y semejanza de Dios. De no cumplirse esta condición, el ser humano perderá las razones vitales, éticas y jurídicas básicas para garantizar el respeto a cada persona y a sus derechos fundamentales.

22 de Marzo, 2017, 11:44: ALFRE306Familia y Sociedad
¿Es el suicidio un acto humano? Lo que debe demostrarse es la “total responsabilidad” del suicida


Por: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., Luis Antequera | Fuente: Un teologo responde / RL



Lo que impide a una persona entrar o no al cielo (es decir salvarse o no salvarse) es el morir en estado de gracia, o sea, sin pecado mortal.

Para que una persona cometa pecado mortal es condición necesaria:
1º que haya materia grave (este es el elemento objetivo de todo pecado),
2º que tenga conciencia plena de que es algo grave y
3º que consienta perfectamente al acto grave (estas últimas condiciones son los elementos subjetivos que se requieren para que haya un acto sustancialmente humano).

En el caso del suicidio se trata ciertamente de materia grave, pues la vida humana (la propia y la ajena) son bienes fundamentales de la persona custodiados por los mandamientos de la ley natural y por los diez mandamientos de la Ley divina.

Hay que ver luego, en cada caso particular, si la persona estaba en plena posesión de sus facultades como para hacer un acto plenamente humano.

A continuación trataré de esbozar los principios generales para poder hacer un juicio aproximado de este doloroso fenómeno (se puede consultar lo siguiente en: Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, cuestión 64, 5; LINO CICCONE, Non Uccidere, Ed. Ares, Milán 1988, p. 107ss; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2280-2283).


1. Nociones y datos generales

El suicidio consiste propiamente en producirse la muerte a sí mismo por propia iniciativa o autoridad, ya sea mediante una acción o una omisión.

Se divide en suicidio directo e indirecto, según la muerte se intente directamente o sólo sea permitida buscando otra finalidad (como quien, intentando salvar a otra persona, arriesga su vida y muere).

Lo consideraron lícito por principios filosóficos Hume, Montesquieu, Bentham, Schopenhauer, Nietzsche, algunos estoicos como Séneca; más cercano a nuestros tiempos, el existencialismo hizo de él un valor positivo, como “la última libertad de la vida” (Jaspers). Algunos lo han defendido por cuestiones de honor patriótico, militar o personal.

Los datos estadísticos son escalofriantes, aun teniendo en cuenta que los datos oficiales son inferiores a la realidad.

La relación que suele establecerse entre suicidios efectivos e intentos de suicidio varía según los diversos autores que se consulte: unos dicen que se llega a un suicidio cada tres intentos; otros afirman que por cada suicidio hay diez intentos fallidos; por tanto, como término medio, puede decirse que por cada suicidio hay al menos cinco intentos frustrados.

Ahora bien, la OMS (Organización Mundial para la Salud) indicaba en 1976, que cada día se suicidan en el mundo 1000 personas (lo que indicaría que otras 4000 o 5000 lo intentan sin llegar a él); aproximadamente 500.000 lo hacen por año (y por tanto, 2.500.000 quedan en el intento).


2. Juicio moral

La tradición cristiana, la doctrina del Magisterio y la reflexión teológica no han tenido ninguna duda sobre la inadmisiblidad moral del suicidio. Si ha habido alguna evolución ha sido sólo en torno a la valoración de la culpabilidad y responsabilidad subjetiva del que se suicida o intenta hacerlo.

Para no hacer un juicio erróneo, es necesario distinguir entre el juicio “objetivo” sobre el suicidio, y el juicio sobre “la responsabilidad subjetiva” del suicidio.


a) Valoración objetiva del suicidio

Como ya ha indicado Santo Tomás, el suicidio directo, objetivamente considerado, es un acto gravemente ilícito, por tres razones principales:

1º Porque es contrario a la inclinación natural (ley natural) y a la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo.

2º Porque hace injuria a la sociedad a la cual el hombre pertenece y a la que su acto mutila: la priva injustamente de uno de sus miembros que debería colaborar al bien común.

3º Porque injuria a Dios: “la vida es un don dado al hombre por Dios y sujeto a su divina potestad que mata y da la vida. Por tanto el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo... A sólo Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida...” (Santo Tomás).

Pío XII lo calificó de “signo de la ausencia de la fe o de la esperanza cristiana” (discurso del 18/II/58).

El Concilio Vaticano II lo colocó con otros delitos que atentan contra la vida misma, juzgados como “cosas... vergonzosas” que “atentan la civilidad humana... y constituyen el más grave insulto al Creador” (Gaudium et spes, 27).

En la Declaración sobre la eutanasia (26/VI/80) se afirma: “La muerte voluntaria, es decir, el suicidio, es inaceptable a la par que el homicidio. Toda la doctrina del Magisterio ha sido resumida por el Catecismo Universal en los nn. 2280-2283.

La Sagrada Escritura no se ocupa de él pero es legítimo verlo incluido en el mandamiento que dice: No matar (Ex 20,13).

Ya San Agustín lo había interpretado de tal manera: “No es lícito matarse, ya que esto se debe entender como incluido en el precepto No matar, sin ningún agregado.

No matar, por tanto, ni a otro ni a ti mismo. Porque efectivamente, quien se mata a sí mismo, mata a un hombre” (De civitate Dei, I,20).


En cuanto al así llamado suicidio indirecto (es decir, quien pierde la vida a causa de otra acción, como el médico o la religiosa que se contagia gravemente atendiendo enfermos y muere por esta razón) es también ilícito, a no ser con causa gravemente proporcionada.

Aunque la acción que indirectamente produzca la muerte pueda no ser mala o incluso buena (como en el ejemplo dado: el acto de caridad de cuidar un enfermo gravemente contagioso), se requiere causa justa y proporcionada para permitir la propia muerte.

Es lícito arriesgar apelando al principio de doble efecto; en este caso, las condiciones que debe reunir la acción, para ser lícita, han de ser:
1º que la acción u omisión sea buena o indiferente;
2º que se siga también un efecto bueno (y con la misma o mayor inmediatez del malo);
3º que solo se intente el bueno;
4º que haya una causa proporcionada (como puede ser el bien de la patria, el bien espiritual ajeno, el ejercicio de una virtud, etc.).


b) El juicio sobre la responsabilidad subjetiva

Otra cosa es la valoración de la responsabilidad moral del suicida. Hasta el siglo pasado era común juzgar al suicida como responsable de su gesto, y por tanto, culpable de su acción. Hoy en día, tanto la situación social, cuanto la formación moral del hombre moderno, obligan a tener otros criterios de valoración.

Dicho de otro modo:

1º dada la situación social potencialmente cargada de mentalidad suicida;

2º dado el elevado número de sujetos psíquicamente frágiles e incluso disturbados mentalmente;

3º y dado, por último, los escasos o casi nulos valores morales que pueden contrarrestar la mentalidad antivida reinante...

... podría admitirse que: en los casos en que faltan elementos para juzgar que un suicidio es plenamente voluntario, puede presumirse que la persona que se ha quitado la vida no ha gozado de suficiente responsabilidad moral, o incluso, en algunos casos, ha sido totalmente irresponsable.

Se podría decir que, en muchos casos, lo que debe demostrarse es la “total responsabilidad” del suicida.

De todos modos, hay que decir que en muchos casos sí hay ciertos elementos que pueden servir de guía para elaborar un cierto juicio sobre la responsabilidad objetiva del suicida (dejando, por supuesto, el juicio último únicamente a Dios).

Así, por ejemplo, indican responsabilidad plena en un suicidio: el hecho de que éste haya sido preparado fríamente, o por largo tiempo, o con motivaciones precisas, o por una persona psíquicamente sana.

También el que la decisión haya madurado dentro de una concepción de vida en la que no hay lugar para Dios o en la cual no se encuentra sentido a la vida por principios filosóficos (aunque sean vulgares).

En cambio, son indicios de responsabilidad incompleta: el suicidio impulsivo, el suicidio realizado bajo el shock de una tragedia, el suicidio ocurrido en contraste con toda una vida o una concepción de vida en la cual no parece haber lugar para el mismo, o, finalmente, el suicidio realizado por sujetos psíquicamente alterados.


3. Responsabilidad social

Gran responsabilidad por el fenómeno del suicidio corresponde a la misma sociedad, en cuanto ejerce o permite influencias que llevan a tal desenlace. Entre estos elementos cabe señalar:

a) La disgregación de los grupos primarios, especialmente la familia; la desaparición o al menos el enrarecimiento de las relaciones familiares (con el consecuente predominio de las relaciones de tipo funcional y utilitaristas) conducen al aislamiento de los individuos, condenándolos a afrontar solitariamente los problemas personales más profundos de la persona.

b) La proposición de “valores” que no satisfacen las exigencias más profundas del alma (bienestar, afirmación personal, riqueza, hedonismo, culto de la personalidad, el divismo o idolatrización de algunos personajes públicos).

c) La negligencia en formar el carácter de sus miembros con una educación humana auténtica. Esto, en vez de robustecer las estructuras psíquicas, las debilita. Surgen de aquí notables debilidades psíquicas.

 

¿Qué dice la Iglesia Católica sobre el Suicidio?

Cuestión: ¿Es pecado el suicidio? ¿El que se suicida se salva?

Por lo que hace a la condición pecaminosa del suicidio, en la Encíclica Evangelium Vitae, emitida
por el Papa San Juan Pablo II, leemos:



El suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: «Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir»”.

Probablemente sean los grandes autores del siglo IV los primeros en tocar el tema:

Así, San Agustín (354-430), que lo hace en su obra "La Ciudad de Dios", donde afirma que suicidarse es rechazar el dominio de Dios sobre la propia existencia, y donde re-redacta el quinto mandamiento en los siguientes términos: “No matarás ni al prójimo ni a ti mismo”.

Y también San Jerónimo (340-420), que lo hace en su "Comentario a Juan", donde trata el tema desde la relación que el autor establece con lo que llamaríamos “el amor al martirio”, toda la problemática de los límites vinculados a la aceptación del martirio, estableciendo que determinadas maneras de acceder a él, cuando se busca o cuando simplemente no se hace cuanto está al alcance de uno para evitarlo, puede implicar un comportamiento pecaminoso relacionado con el suicidio.

A partir de los tratados de San Agustín y de San Jerónimo sobre el suicidio, se pronuncian muchos documentos eclesiásticos emanados de los concilios del siglo VI: Braga (563), Auxerre (578). Así como, más tarde, también el Decreto Graciano, elaborado hacia el 1140, la primera gran compilación de derecho canónico de la historia.

Santo Tomás de Aquino (1224-1274) le dedica el artículo 64 de la Segunda sección de la Segunda parte de la "Suma Teológica", donde se pregunta: “¿es lícito a alguien suicidarse?”. Respondiendo: 

“Es absolutamente ilícito suicidarse por tres razones: 

  • Primera, porque todo ser se ama naturalmente a sí mismo, y a esto se debe el que todo ser se conserve naturalmente en la existencia y resista, cuanto sea capaz, a lo que podría destruirle. Por tal motivo, el que alguien se dé muerte va contra la inclinación natural y contra la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo; de ahí que el suicidarse sea siempre pecado mortal por ir contra la ley natural y contra la caridad.
     
  • Segunda, porque cada parte, en cuanto tal, pertenece al todo; y un hombre cualquiera es parte de la comunidad, y, por tanto, todo lo que él es pertenece a la sociedad. Por eso el que se suicida hace injuria a la comunidad, como se pone de manifiesto por el Filósofo [Aristóteles] en V Ethic.
     
  • Tercera, porque la vida es un don divino dado al hombre y sujeto a su divina potestad, que da la muerte y la vida. Y, por tanto, el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo; o como peca el que se arroga la facultad de juzgar una cosa que no le está encomendada, pues sólo a Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida, según el texto de Dt 32,39: Yo quitaré la vida y yo haré vivir”.

El Catecismo de la Iglesia Católica establece que: "somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado" (CIC. 2280), y marca una circunstancia agravante y otra atenuante por lo que se refiere al suicidio.

  • En cuanto a la primera, dice: "Si se comete con intención de servir de ejemplo especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere  además la gravedad del escándalo" (CIC 2282).
     
  • En cuanto a la segunda, dice: "Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la  tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida" (CIC 2282).

Por último, por lo que se refiere a la salvación o condenación del suicida, se dice en el Catecismo:

“No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que El sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”. (CIC 2283)

 

 Envíe sus comentarios al P. Miguel Ángel Fuentes, V.E.

21 de Marzo, 2017, 9:49: ALFRE306Familia y Sociedad
Un cristiano católico debe reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo


Por: P. Modesto Lule msp | Fuente: ModestoLule.com



El tatuaje no es una práctica moderna. En Egipto y Libia se han encontrado momias con tatuajes que datan de cientos de años antes de Cristo, y lo mismo ha sucedido en Sudamérica. Muchas de las imágenes que dichas momias tienen grabadas están directamente relacionadas con la adoración de dioses paganos. El investigador Steve Gilbert señala: “El tatuaje no abstracto más antiguo que se conoce representa a Bes, que según la mitología egipcia es la lasciva deidad de la diversión”. Los adoradores paganos, como por ejemplo los egipcios, se tatuaban los nombres o los símbolos de sus dioses en el pecho o en los brazos. Ante estos casos en el pasado algunos me preguntan:¿Es pecado hacerse tatuajes?

En la Biblia, en el Antiguo Testamento, Dios prohibía a su pueblo hacerse tatuajes: «No se hagan heridas en el cuerpo por causa de un muerto. No se hagan ninguna clase de tatuaje. Yo soy el Señor». (Lev. 19, 28) También podemos decir que prohibía hacerse heridas: «Ustedes son los hijos del Señor su Dios. No se hagan heridas en el cuerpo». (Deut. 14, 1) Con estos versículos podemos preguntarnos si es pecado ponerse aretes en el cuerpo de forma exagerada o hacerse cortes en la piel con la mera intención de llamar la atención. Pero antes de responder si es pecado o no, analicemos un poco más estos casos.

El tatuaje fue redescubierto por los europeos cuando entraron en contacto con los indios americanos y polinesios en la época de las grandes exploraciones. La misma palabra tatuaje (tattoo) fue introducida en la lengua inglesa y en otras europeas provenientes de Tahiti, donde fue recogido por la expedición de James Cook en 1769. Con el paso del tiempo y el aumento de personas tatuadas, tanto Indios y polinesios, y más tarde europeos en el extranjero, atrajeron mucho interés en exhibiciones, ferias y circos de Europa y Estados Unidos, durante los siglos XVIII y XIX.

El primer implemento eléctrico para tatuar fue patentado en los Estados Unidos en 1891. Los Estados Unidos se convirtieron en un centro de influencia en tatuajes. Y no es algo solamente de aquel tiempo, consideramos que en la actualidad siguen con el mismo perfil.

Ante la pregunta de si es pecado tatuarse o ponerse aretes por todas partes, respondemos que no es pecado. Nadie hasta el momento me ha llegado confesando ese pecado. Pero un cristiano católico debe reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo. En este caso se deben considerar algunas cosas, como por ejemplo la salud. Deben tener en cuenta que pueden contagiarse de enfermedades como el SIDA y el Hepatitis C. Esta última fue la causa por la que en Estados Unidos de Norteamérica prohibieron hacerse tatuajes allá en el 1961 por el brote de esta enfermedad propagada por la poca higiene al hacerse los tatuajes. Otra cosa que debe tener en cuenta un cristiano, es que no debemos marcarnos con imágenes que ofendan a los demás ni con aquello que contradiga nuestra religión. Muchos pueden decirse católicos y marcarse con imágenes de mujeres semidesnudas o con consignas groseras, satánicas y todo aquello que ofende la religión. El otro motivo es el verse impedidos por cierto tiempo de donar sangre. Muchas veces donando sangre podemos salvar una vida pero al estar tatuados nos vemos imposibilitados para esto ya sea por la contaminación que al tinta provoca en la sangre o también por contagiarse de alguna enfermedad.



Una de las cosas muy personales por las cuales yo les cuestionaría sería: ¿por qué te quieres tatuar? ¿Es vanidad? ¿Cuánto vas a gastar en dicho tatuaje, ese dinero no lo puedes usar para algo más productivo? O ¿quieres llamar la atención de otros? Porque al final, eso a mi modo de ver, sería la única intención de hacerse un tatuaje: Sólo por llamar la atención de otros. La persona no se siente contenta con su cuerpo, con su imagen y busca ponerse algo para sentirse realizado. Pareciera ser que no somos felices con lo que somos o tenemos. Pareciera ser entonces que no nos sentimos amados por los demás, nos sentimos rechazados. Creo que debemos analizar muy bien las cosas antes de hacerlas. Como cristiano católico debemos buscar vivir nuestra religión en todos los aspectos, y recordar que nuestro cuerpo es un regalo de Dios y corresponde cuidarlo y amarlo, no maltratarlo.

En la Biblia encontramos: «¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo». (1 Cor. 6, 19-20)

Dios nos ama con tatuajes o sin tatuajes, eso no se duda. Pero tratemos de reflexionar nuestras acciones antes de hacerlas para que siempre por medio de ellas demos un buen testimonio del nombre cristiano. No solamente con la predicación se anuncia a Cristo, también con nuestras actitudes damos razón del Evangelio. Que de hoy en adelante tus actitudes correspondan siempre a la de un hijo de Dios. Si ya tienes tatuajes, pues no hay más que cargarlos, pero si no tienes, mejor piensa bien las cosas. No recomiendes a otros a hacerlos. Hazles reflexionar para que no lo hagan.

 

Artículos anteriores en Marzo del 2017